Reivindicación

Últimamente ando muy fierro pariente porque he escuchado mucho a artistas como Valentín Elizalde, Sergio Vega, El Recodo, Selena Quintanilla o Los Tigres del Norte; puras joyas antiguas de la música grupera mexicana (y encima muertos). No falta mucho para que use botas y más camisas de cuadros, es decir, para que me convierta en un Esaúl completamente (eso sería la primera cosa que realmente le copiaría; lo demás ha sido coincidencia). Lástima que nací en el Distrito Federal y mi única canción representativa ha de ser Sábado Distrito Federal o Cómo te voy a olvidar. Cuando me preguntan a qué suena el D.F., respondo: "a camotes, pesero y cumbia".

Lástima también que ahora se llama Ciudad de México. Tendré que buscarle nuevos sonidos más fresas, porque –encima de todo– los camotes ya casi no suenan, los peseros van a desaparecer y Los Ángeles Azules se volvieron sinfónico-rockeros-poperos-cumbieros desde 2013.

Mi blog ha estado activo a medias en las últimas semanas. He publicado siete capítulos de los diez que escribí en esta misma época pero en 2014, cuando Samuel me interesaba más que cualquier otra persona en el mundo. Sinceramente, los publiqué para él, en un fallido intento de reconquistarlo a través de los relatos del pasado. Pero no ha funcionado, sigue tan indiferente como antes, incluso aunque prometió visitarme en casa durante mi convalecencia después de mi cirugía. Nadie lo ha hecho, por cierto; ni mis mejores amigos (la intención es lo que cuenta, porque todos prometieron hacerlo e incluso dieron indicios al preguntarme cuándo o a qué hora podría).

La primera mitad del año está por irse, y con ella todo lo que estoy dispuesto a dejar ir. Aún tengo pendientes del año pasado y de la primera mitad de éste, como terminar mi tesis (chale), enamorarme, conseguir un trabajo estable, y unirme a la banda de rock a la que me invitaron a participar unos minutos después de despertar de la anestesia en el hospital.

Ese día, cuando abrí los ojos, percibí tres cosas: el techo blanco de la sala de hospitalización, una máscara de oxígeno sobre mi rostro, y un celular a lo lejos que sonaba con la primera canción de A Night At The Opera de Queen: Death on two legs (Dedicated to...). Mi cuerpo reaccionó e inmediatamente comencé a marcar el ritmo de la canción con mis dedos. Cuando ya iba en You're my best friend comencé a tararear con lo poco que tenía de voz.

–¿Quién canta? –preguntó la enfermera.
–Creo que es el paciente... –respondió un joven enfermero.

Minutos más tarde alguien vino hacia mí y comenzó a manejar la manguera de mi suero.

–Te voy a inyectar un antibiótico –dijo la enfermera.
–¿Quién puso a Queen? –pregunté.
–Cristóbal, ¿no te gusta?
–Es la mejor música del mundo.

Poco después me informaron que pronto me trasladarían a la habitación en la que descansaría hasta que me dieran de alta. Pedí que antes de que lo hicieran pusieran Bohemian Rhapsody, y el momento fue mágico: justo cuando empezaba la sección de ópera (I see a little silhouetto of a man, Scaramouche, Scaramouche, will you do the fandango?) comenzaron a desconectarme todo. Y cuando llegó la sección hard rock (So you think you can stone me and spit in my eye?) el camillero comenzó a trasladar mi camilla por los pasillos del hospital para llevarme a mi cuarto. A su lado iba Cristóbal, quien me dijo:

–¿Tú cantas?
–Sí.
–¿Te gustaría unirte a nuestra banda? Tocamos canciones de Queen, Led Zeppelin y otros, pero no tenemos vocalista.
–¡Claro, estaría súper!
–Vale, en un rato más te paso a dejar mi número a tu cuarto.
–Ten cuidado, amigo, porque es homosexual –interrumpió otro enfermero molestando.

Algunos se rieron.

–¿Tú eres homosexual? –me preguntó Cristóbal.
–Freddie Mercury era homosexual y es el mejor cantante de rock de la historia –respondí para todos.

Cuando llegué a mi cuarto, con dificultad me cambié de camilla (y con el temor de no dejar ver mis nalguitas peludas) y me instalé en la cama 912 para esperar. Unos quince minutos después, Cristóbal entró a la habitación y me dio en un papelito su número. Le dije que le llamaría en la siguiente semana, después de mi cirugía.

Al parecer los números telefónicos en papelitos y yo tenemos una conexión especial. Joder.

***
Continuación: 07 julio 2016

Después de publicar durante semana y media los diez capítulos y el epílogo de la historia que escribí hace dos años, he decidido –terminantemente– eliminarlos no sólo del blog, sino también de mi computadora. Lo había escrito en la plataforma iBooks Author, con el fin de darle un buen uso a esa aplicación poco explotada de Apple en las Mac.

Lo siguiente fue convertirlo en PDF y enviarlo a la única persona que merece tenerlo: Samuel. Es, de algún modo, un recordatorio de quiénes fuimos (o de quién fue él), y puede usarse más a su favor que al mío.

Hubo uno que otro polizón que entró a mi blog y leyó los capítulos quizá sin querer. Uno de ellos fue un exalumno llamado Jorge que se encontró mi blog cuando googleó el título de mi cortometraje para verlo en Internet. Qué vergüenza que lo haya leído; pero, como le dije, me leyó en mi etapa más vulnerable.

Otro que se atrevió a leerlo fue Esaúl, mi persona constante. A pesar de que afirma odiar a Samuel (lo cual al parecer es la reacción inconsciente que espero del lector), no dijo qué opinaba de mí, porque hay que reconocer que yo tampoco fui la mejor persona del mundo en ese relato. No fui el más maduro ni mucho menos actué con la frivolidad que presumo.

El día en que Samuel leyó el relato, su respuesta no fue la mejor. Precisó sentirse ofendido pero agradecido por habérselo compartido. Poco después pregunté cómo iban las cosas con su anterior novio (Sergio Andrade) y prefirió no responder.

Leer mi texto, leer a Samuel, asistir a dos juntas en la oficina y soportar a más de diez estudiantes invasores en la oficina menor de Lince Media provocaron que mi estado de ánimo cambiara. Debido a ello, no tuve oportunidad de conversar con SMD sobre cualquier cosa. Aunque me prometió que hablaríamos por Skype o FaceTime cuando yo saliera del trabajo (aunque fueran las 3 de la madrugada para él), se quedó dormido. Procuré irme por arriba de la ciudad, en vez de usar el Metro, para tener buena recepción y poder realizar la llamada; pero fue un error terrible: en el centro de Coyoacán estaba completamente bloqueado el tránsito.

Mientras estaba estancado en el pesero con dirección al centro de Coyoacán desde Avenida Universidad, vi las calles que conducen a ese lugar mágico que desde siempre ha sido uno de mis favoritos y un referente para las citas amorosas. Sobre esas calles vislumbré a una pareja de chicos homosexuales que caminaban, probablemente, hacia allá. Uno de ellos llevaba un café de El Jarocho. Me visualicé así y no se me hizo extraña ni lejana la historia. En días pasados, SMD y yo habíamos inventado al mismo tiempo una posible historia que tomaba lugar en esos lugares y de la cual éramos protagonistas, pero de los cuales no se conocía la relación exacta (podríamos ser amigos, amigos con derecho, crushes, exnovios, novios).

Las historias con SMD han pasado a otro nivel que ya no sólo es cibernético. Quisiera que estuviera físicamente todo eso que presumiblemente es parecido a mí y que por ahora sigue en España.

***

No quiero apresurarme, pero la segunda mitad del 2016 será tal como lo predije: llena de bonanza y prosperidad. Recién me informaron la cantidad exacta que ganaré por prestar mi voz para el audiolibro en inglés. Es exorbitante y más allá de lo que podría tener una persona común y corriente de 23 años actualmente gracias a su voz.

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