Un viaje para decir adiós
Quiero que estas palabras sean las últimas que te escribo, pero no estoy seguro de cuándo se agotarán mis pensamientos. Te escribo porque te pienso y porque no quiero que los demás se den cuenta de que te pienso y se ofrezcan a darme su compasión –aunque sí suceda cuando publique estas palabras.
La sala de espera de la terminal es un caos: la gente va con prisa y maletas repletas, los niños haciendo ruido, las señoras quejándose por el eterno mal servicio de un aeropuerto que no se da abasto. Y otros, muy atentos, escuchando que por los altavoces anuncian las salidas más próximas. Me llama la atención que el vuelo que sale frente a mi sala de abordar va a tu ciudad: es un Interjet hacia Tuxtla Gutiérrez.
Te imagino ahí en la sala –si tuvieras la oportunidad de regresar a casa en avión–, y te visualizo en un muchacho igual de corpulento, pero no: él lleva una boina que sé que tú no usarías. Sin embargo, hay una parte de ti en el ambiente. A pesar de que el día anterior te fuiste, el altavoz que dicta Tuxtla Gutiérrez es el inmediato referente que tengo de ti.
Vengo con un compañero de trabajo y le tuve que contar que te fuiste, pero sus palabras de aliento no funcionaron para que yo pudiera dejar de pensar que el viaje que estamos a punto de hacer me va a acercar nuevamente a ti.
Me dan ganas de colarme en el vuelo que va a Tuxtla –aunque yo vaya a otra ciudad– y buscarte por todos lados para quedarme contigo ahora sí. Pero ya no estás, te fuiste el día anterior y no sé a dónde. Tampoco hay manera de que tú sepas en dónde estoy, pues el último adiós desde el taxi que pediste en el departamento enmudeció para siempre nuestra relación.
Mi vuelo está demorado por 30 minutos y por eso te escribo parte de estas palabras. No quiero leer ni escuchar música, tampoco ver películas ni jugar videojuegos; sólo charlar contigo por última vez a través de estas líneas.
Comenzó a llover y el vuelo de Tuxtla se ha ido, perdí mi oportunidad de irte a buscar. En su lugar anuncian uno que va a Monterrey pero también está demorado. ¿Por qué la gente se levanta de sus asientos cuando apenas están anunciando las instrucciones? ¿Estaremos programados para actuar sin pensar cuando se trate directamente de nosotros? Esa gente se levantó, casi corrió, y luego volvió a su lugar cuando el personal les dijo "no, aún no iniciamos el abordaje, sólo estamos dando instrucciones".
Esa gente soy yo, queriendo correr contigo; y el personal del aeropuerto eres tú, conteniéndome.
Tijuana, Monterrey, Dallas, Chihuahua; tantas ciudades que anuncian y yo sólo le presto atención a Tuxtla y a la ciudad en la que voy a estar unos días. Mi maleta sigue intacta, casi como la dejamos el día anterior cuando me ayudaste a empacar y me regañaste por haber dejado mis cosas regadas en todo el departamento.
Siento que en mi maleta también llevo una parte de ti.
***
El vuelo fue rápido, duró mucho menos de lo que acostumbro tardar en llegar al trabajo.
Nos hospedamos en un hotel viejo en el que casualmente ya había estado cuando vine por primera vez a esta ciudad.
Tenías razón: no iba a aguantar el calor. Soy débil y me confieso chilango, aunque clame tener diferentes gentilicios por la empatía que siento cuando viajo a la provincia. No puedo llamarme potosino ni oaxaqueño ni tabasqueño ni chiapaneco porque no aguanto el calor.
En estos días, la máxima temperatura que aguanté fue de 42 grados; después de eso no supe qué podría suceder. Incluso creo que por fin mi tono de piel cambió y ennegreció al punto en que siempre he deseado.
Pero sigo vivo.
He visitado muchos pueblos, algunos más pobres que otros, y en todos es igual el ritmo de vida: el calor oprime a todos y los obliga a no hacer mas que salir de sus casas, colocarse debajo de un árbol o una lona, sentarse en sus sillas y echarse una cerveza mientras ven la vida pasar.
Como estuve la mayor parte del tiempo rodeado de veteranos recogiendo sus testimonios, casi no tuve contacto con jóvenes hasta que conocí a algunos que trabajaban en el campo y que casualmente eran becarios de Jóvenes Construyendo el Futuro.
También conocí a algunos de secundaria y prepa, los vi cuando salían de clases. Te vi a ti en ellos, viviendo toda tu infancia y adolescencia en provincia, teniendo que ocultar tu sexualidad frente a tus amigos y tu familia.
Uno de los becarios me recordó más a ti físicamente. Me llamó la atención porque al conversar con él me habló de 'usted' y, aunque le pedí que no lo hiciera, no pudo evitarlo. Le pasé mi número y en seguida el canal de YouTube en donde se suben los videos que hago para mi medio, le encantaron, según me dijo.
Se me pegó el acento costeño. Había ratos en que ya respondía así sin pensarlo, y era gracioso, la verdad.
Y seguí vivo.
Con el paso de los días, tengo que confesarlo, me fui olvidando de ti. No porque quisiera, sino porque el ritmo de trabajo me obligaba. Hubo momentos en que no descansé y ni siquiera revisé mi teléfono, lo cual me llevó a dejar las redes sociales por tiempo indefinido.
En la última noche, ya en el aeropuerto de aquella ciudad y a punto de regresar a la mía, miré el atardecer. Me propuse que sería el último que te dedicaría. Detrás de esas palmeras que tanto fotografié estaba tu ciudad, a la cual podría bien llegar en tres horas en el coche para –ahora sí– buscarte y quedarme contigo y ser felices nuevamente... pero decidí dejarte allá.
No grité tu nombre ni escuché tus canciones. No leí tus conversaciones ni vi nuestras fotografías. Esta vez me subí al avión de vuelta con lo que es mío para volver a donde pertenezco, aunque ahorita sienta más pérdidas que ganancias.
Un viaje me bastó para decirte adiós. Imagina lo que hubiera tenido que hacer para lograrlo quedándome en mi ciudad. Quizá aquel día que te fuiste hubiera corrido para detener el taxi y rogarte que no te fueras. Quizá esa noche hubieras tenido cien llamadas perdidas mías o notas de voz preguntando dónde te encontrabas. Quizá me habría emborrachado con Sinestesia recordándote e intentando fallidamente llamarte.
Pero nada de eso pasó. Una vez más, así como sucedió desde el principio, la distancia me privó y me salvó.
Suena difícil, pero sé que ahora es más fácil no pensarte. Y creo que tiene que ver con que tú no perteneces aquí, a esta vida, a esta enorme Ciudad de México. Si un día vienes sabrás que te tendrás que ir y que sólo te quedarás con las ganas de más. Tus miedos te harán regresar y seguirás siendo un eterno nómada con tu mochila gigante (cuida tus perfumes esta vez y usa la batería portátil que guardé ahí por error).
Te quiero todavía, pero ahora en la distancia, en el recuerdo y en estas palabras, que son las últimas que te dedicaré en mucho tiempo.
Si alguna vez te veo, por cortesía te saludaré; pero sabré que será un saludo que el viento se llevará y se perderá en el trayecto de tu siguiente viaje.
Si alguna vez me buscas, me encontrarás pero no tendrás voz ni yo tendré oídos.
Y si alguna vez piensas en mí, me devolverás un poco de la vida que te llevaste.
Una pizca de mi amor y otra más de mi suerte, E.
Adiós, E.
–Eduardo S.
Comentarios