Fat bottomed girls
Lo que debemos comprender de la cultura popular es que hay gustos para todos. De verdad, todos. Hay películas, música, obras de teatro, novelas, programas de TV y revistas para todos. No existe una sola persona que no encuentre algo que no le guste. Y, sinceramente, eso es lo que más me gusta del mundo en que vivimos. También, lo que debemos comprender es que no estamos obligados a que nos guste lo que a las demás personas apasiona.
Pensé esto porque actualmente estoy escuchando a Björk, la cantante por cuyo próximo concierto en México todas las redes se volvieron locas. Me parece que los precios oscilan en los 9 mil pesos. Decidí escuchar las cinco principales canciones que me salieran en Spotify de ella. Ninguna me gustó. Así de simple. La detesté desde los primeros acordes sintetizados de su canción Army of me.
En parte es porque nunca me ha gustado la música artificial (es decir, aquella que no se hace con instrumentos musicales); y en parte es porque la escuché en una noche en que preferiría estar durmiendo o masturbándome.
Conclusión: no estoy obligado a que me guste ninguna canción de Björk. Pero lo importante es que me atreví a escucharla, a analizarla, a no juzgarla sin conocerla. No soy una persona de prejuicios, pues. Por ello, casi todo el tiempo estoy ansioso de que me presenten nueva música, para de ahí seleccionar las que me gusten y volverlas partes del soundtrack de mi vida. Obviamente sin olvidar a Queen.
Lo seguiré sosteniendo hasta el día de mi muerte: Queen es la mejor banda de rock de la historia. Podría enumerar cientos de argumentos que no necesariamente serían comparaciones con otros grandes del rock, pero no lo haré porque no estoy en ánimos de defender lo que otras personas encuentran indefendible y pasado de moda. Mientras a mí me sigan gustando (que así será), estoy satisfecho.
En mi vida hay incontables momentos de éxtasis en los que Queen han sido los protagonistas. Sin duda, el mayor es el concierto al que asistí en septiembre de 2015 en Santiago de Chile. Otro muy emocionante es cuando desperté de la cirugía (lo conté en una entrada de blog). Y uno muy reciente e igual de divertido es cuando entré al Fun Hog Ranch, un bar gay de Las Vegas.
Al momento de mi entrada, sonaba Killer Queen. La tarareé e incluso volteé a ver para descubrir si alguien la cantaba también. Lo difícil fue ver que muy pocos le prestaban atención a la canción y que se ocupaban más en sus bebidas, sus ligues o sus amigos. Yo iba solo, por eso le presté más atención.
Pero como en un bar no te puedes quedar parado como si nada, decidí no esperar al final de la canción y acercarme a la barra:
–Hey, do you have Dos Equis beer? –pregunté al musculoso y peludo bar tender.
–Yes.
–Can I have one, please?
–Can I see some ID?
–Oh, sure...
En ese momento, saqué mi IFE, preguntándome si sería suficiente. El bar tender se acercó con mi cerveza y tomó mi credencial.
–Oh... –exclamó–, I can't find your birthday here.
–Here it is... –dije, estúpidamente señalando la CURP.
–I'm sorry. I can't accept this as an identification. Besides, this is a gay bar. How old are you?
–I'm twenty-four.
–Does he look like he's twenty-four? –le preguntó el bar tender a un cliente que de pronto apareció a mi lado.
–No, he doesn't –respondió el cliente, y luego se aproximó a mí–: I'm sorry, dude. You have to bring your passport, and I as a bar tender wouldn't allow you to stay here. You should leave the bar.
–But I'm twenty-four! –insistí.
–I know, but you don't want to get in trouble. I'm sorry.
Acto seguido, abandoné el bar y regresé a mi hotel, lamentándome no haber cargado con mi pasaporte.
Sintiéndome un estúpido, pero emocionado a la vez, caminé el kilómetro y medio hasta Koval Lane. Ingresé al hotel, fui por mi pasaporte y salí de nuevo. Hice 15 minutos caminando y, de nuevo, ahí estababa Fun Hog Ranch, con su estilo vaquero y lleno de osos y otros miembros de la comunidad gay de Las Vegas, de la cual, me dijeron, que es muy unida (no como en la CDMX, en donde todo mundo te critica si no eres guapo, si no tienes dinero, si no vas a bares o si no haces lo que los demás gays).
Cuando crucé el umbral, una melodía llegó a mis sentidos...
Oh, you gonna take home tonight
Oh, down beside that red fire light
Oh, you gonna let it all hang out
Fat bottomed girls, you make the rocking world go round!
Y en seguida, todos en el bar comenzaron un armonioso y emocionante headbanging siguiendo el ritmo de la canción Fat bottomed girls de Queen.
Por primera vez le ponían atención a la música y todos se habían unido para cantarla, tararearla o mover la cabeza con ritmo.
Posteriormente me acerqué a la barra y le dije al bar tender:
–I got my passport!
–Oh, naughty boy! –respondió y me dio mi primera cerveza de la noche.
Poco después supe que se estaba reproduciendo una playlist de puro rock clásico en inglés, porque también escuché música de AC/DC, Led Zeppelin y The Doors, entre otros.
Lo anterior hizo más placentero mi viaje a Las Vegas, sobre el cual tenía mucha incertidumbre, la cual en ocasiones se confunde y se mezcla con el miedo. Y es que precisamente la incertidumbre es el miedo a lo desconocido, pero no tiene nada de malo sentirlo. Hace un par de días veía un capítulo de la serie de Netflix Merlí, y en él un profesor le explicaba a su alumno enfermo el Mito de la Caverna de Platón, que yo leí en mi primer año de universidad. Técnicamente, Platón especificaba que el ser humano ve dos realidades y en ocasiones prefiere quedarse con la inmediata, la que no le causa pavor, y pocas veces se atreve a salir de la caverna para enfrentar su realidad.
En estos días me he vuelto a sentir temeroso de mi porvenir, tal como me sentía hace un año por estas fechas. Sin embargo, la experiencia y mis deseos de querer ver las cosas distintas me obligan a pensar que no es el estado de ánimo que tendré siempre. Al final siempre logro salir del hoyo y ya no me siento estancado.
No soy una persona de esperanzas ni mucho menos optimista. Creo que mi pesimismo, entintado de humildad, en muchas ocasiones me ha servido para lograr muchos objetivos que inconscientemente tengo. Esa ha sido la clave de mi ocasional éxito.
Por ahora me siento bien. Con miedo, sí. Pero libre, sano y casi enamorado de alguien que, irónicamente, me causa mucha incertidumbre en muchos sentidos.
La próxima vez que escriba aquí, ahora sí, estaré un paso más arriba en esta canción llamada vida.
Pensé esto porque actualmente estoy escuchando a Björk, la cantante por cuyo próximo concierto en México todas las redes se volvieron locas. Me parece que los precios oscilan en los 9 mil pesos. Decidí escuchar las cinco principales canciones que me salieran en Spotify de ella. Ninguna me gustó. Así de simple. La detesté desde los primeros acordes sintetizados de su canción Army of me.
En parte es porque nunca me ha gustado la música artificial (es decir, aquella que no se hace con instrumentos musicales); y en parte es porque la escuché en una noche en que preferiría estar durmiendo o masturbándome.
Conclusión: no estoy obligado a que me guste ninguna canción de Björk. Pero lo importante es que me atreví a escucharla, a analizarla, a no juzgarla sin conocerla. No soy una persona de prejuicios, pues. Por ello, casi todo el tiempo estoy ansioso de que me presenten nueva música, para de ahí seleccionar las que me gusten y volverlas partes del soundtrack de mi vida. Obviamente sin olvidar a Queen.
Lo seguiré sosteniendo hasta el día de mi muerte: Queen es la mejor banda de rock de la historia. Podría enumerar cientos de argumentos que no necesariamente serían comparaciones con otros grandes del rock, pero no lo haré porque no estoy en ánimos de defender lo que otras personas encuentran indefendible y pasado de moda. Mientras a mí me sigan gustando (que así será), estoy satisfecho.
En mi vida hay incontables momentos de éxtasis en los que Queen han sido los protagonistas. Sin duda, el mayor es el concierto al que asistí en septiembre de 2015 en Santiago de Chile. Otro muy emocionante es cuando desperté de la cirugía (lo conté en una entrada de blog). Y uno muy reciente e igual de divertido es cuando entré al Fun Hog Ranch, un bar gay de Las Vegas.
Al momento de mi entrada, sonaba Killer Queen. La tarareé e incluso volteé a ver para descubrir si alguien la cantaba también. Lo difícil fue ver que muy pocos le prestaban atención a la canción y que se ocupaban más en sus bebidas, sus ligues o sus amigos. Yo iba solo, por eso le presté más atención.
Pero como en un bar no te puedes quedar parado como si nada, decidí no esperar al final de la canción y acercarme a la barra:
–Hey, do you have Dos Equis beer? –pregunté al musculoso y peludo bar tender.
–Yes.
–Can I have one, please?
–Can I see some ID?
–Oh, sure...
En ese momento, saqué mi IFE, preguntándome si sería suficiente. El bar tender se acercó con mi cerveza y tomó mi credencial.
–Oh... –exclamó–, I can't find your birthday here.
–Here it is... –dije, estúpidamente señalando la CURP.
–I'm sorry. I can't accept this as an identification. Besides, this is a gay bar. How old are you?
–I'm twenty-four.
–Does he look like he's twenty-four? –le preguntó el bar tender a un cliente que de pronto apareció a mi lado.
–No, he doesn't –respondió el cliente, y luego se aproximó a mí–: I'm sorry, dude. You have to bring your passport, and I as a bar tender wouldn't allow you to stay here. You should leave the bar.
–But I'm twenty-four! –insistí.
–I know, but you don't want to get in trouble. I'm sorry.
Acto seguido, abandoné el bar y regresé a mi hotel, lamentándome no haber cargado con mi pasaporte.
Sintiéndome un estúpido, pero emocionado a la vez, caminé el kilómetro y medio hasta Koval Lane. Ingresé al hotel, fui por mi pasaporte y salí de nuevo. Hice 15 minutos caminando y, de nuevo, ahí estababa Fun Hog Ranch, con su estilo vaquero y lleno de osos y otros miembros de la comunidad gay de Las Vegas, de la cual, me dijeron, que es muy unida (no como en la CDMX, en donde todo mundo te critica si no eres guapo, si no tienes dinero, si no vas a bares o si no haces lo que los demás gays).
Cuando crucé el umbral, una melodía llegó a mis sentidos...
Oh, you gonna take home tonight
Oh, down beside that red fire light
Oh, you gonna let it all hang out
Fat bottomed girls, you make the rocking world go round!
Y en seguida, todos en el bar comenzaron un armonioso y emocionante headbanging siguiendo el ritmo de la canción Fat bottomed girls de Queen.
Por primera vez le ponían atención a la música y todos se habían unido para cantarla, tararearla o mover la cabeza con ritmo.
Posteriormente me acerqué a la barra y le dije al bar tender:
–I got my passport!
–Oh, naughty boy! –respondió y me dio mi primera cerveza de la noche.
Poco después supe que se estaba reproduciendo una playlist de puro rock clásico en inglés, porque también escuché música de AC/DC, Led Zeppelin y The Doors, entre otros.
Lo anterior hizo más placentero mi viaje a Las Vegas, sobre el cual tenía mucha incertidumbre, la cual en ocasiones se confunde y se mezcla con el miedo. Y es que precisamente la incertidumbre es el miedo a lo desconocido, pero no tiene nada de malo sentirlo. Hace un par de días veía un capítulo de la serie de Netflix Merlí, y en él un profesor le explicaba a su alumno enfermo el Mito de la Caverna de Platón, que yo leí en mi primer año de universidad. Técnicamente, Platón especificaba que el ser humano ve dos realidades y en ocasiones prefiere quedarse con la inmediata, la que no le causa pavor, y pocas veces se atreve a salir de la caverna para enfrentar su realidad.
En estos días me he vuelto a sentir temeroso de mi porvenir, tal como me sentía hace un año por estas fechas. Sin embargo, la experiencia y mis deseos de querer ver las cosas distintas me obligan a pensar que no es el estado de ánimo que tendré siempre. Al final siempre logro salir del hoyo y ya no me siento estancado.
No soy una persona de esperanzas ni mucho menos optimista. Creo que mi pesimismo, entintado de humildad, en muchas ocasiones me ha servido para lograr muchos objetivos que inconscientemente tengo. Esa ha sido la clave de mi ocasional éxito.
Por ahora me siento bien. Con miedo, sí. Pero libre, sano y casi enamorado de alguien que, irónicamente, me causa mucha incertidumbre en muchos sentidos.
La próxima vez que escriba aquí, ahora sí, estaré un paso más arriba en esta canción llamada vida.
Comentarios