Tentaciones
He estado aproximadamente diez años en el mundo de los blogs, pero efectivos han sido como cinco. Aún recuerdo la primera vez que hice uno: se llamaba Las crónicas de Edward Serralde. Ese es mi antiguo nombre artístico, del cual decidí olvidarme cuando descubrí que el protagonista de la saga Crepúsculo se llamaba así, y cuando me di cuenta de que muchos pensarían que me había llamado así por ello.
Desde ese entonces, mi nombre es Eduardo.
Todavía hay quienes me llaman Mau: familia, amigos, alumnos, profesores. Afortunadamente, son solamente personajes de un círculo social bastante cerrado: mi Facultad. Desde que me involucré en el mundo del cine, con el documental El Poeta, decidí llamarme Eduardo porque pensé que tendría una mayor carga comercial.
Entonces, es así como me conocen en el ámbito: los de la Secretaría de Cultura del DF, los de ProCine, los del gremio de cronistas y escritores de Xochimilco, los de la Cineteca Nacional, los del Instituto de la Juventud del DF, los del Festival MIX, y los de la Filmoteca UNAM.
Mamonamente, mi nombre para el cine es Eduardo; y el otro, para los otros, es Mauricio.
No me preocupa que en algún momento ambos universos lleguen a juntarse. Sólo los verdaderos amigos, los que de verdad me conocen, sabrán la razón de la discrepancia y la incompatibilidad de mis nombres.
Además, así aparecerá mi nombre en la pantalla de alguna sala de la Cineteca Nacional ahora que mi más reciente cortometraje se exhiba como premio de consolación del concurso que no ganamos y que organizaron el Injuve y el Festival MIX.
Ojalá sea en alguna sala grande -como la Jorge Stahl o la Salvador Toscano- aunque sería pedir mucho. Si corremos con suerte, nos pondrán en alguna sala de la siete a la diez. Y si de plano nada nos favorece, nos exhibirán en la sala cuatro -la Arcady Boytler-, que siempre sirve para eventos extraordinarios, conferencias y cursos, debido a su reducido espacio y a su adecuado proscenio.
Qué raro, a Arcady Boytler siempre lo discriminan en México. No se han de acordar de las grandes películas: La mujer del puerto o ¡Así es mi tierra!.
Como sea, no puedo pedir mucho. De todas formas, no creo que El Convoy sea tan digno de exhibirse constantemente en la Cineteca. Me regañan cuando digo eso. "¡Valora más tu trabajo!", "¡El arte no debe juzgarse!", dicen algunos sermones de por ahí. Lo cierto es que nunca dejaré de pensarlo. Cada que veo el corto no puedo dejar de pensar en qué debí hacer o qué debí decir antes y durante el rodaje. Aunque los demás no los noten, yo, como autor, reconozco los errores técnicos y -sobre todo- narrativos que tiene mi cortometraje. La premisa no es clara, o si lo es, sería poco inverosímil. Además, las actitudes de los personajes a veces no coinciden, mea maxima culpa.
En realidad, sí quisiera mostrarlo, pero me opaca ese pensamiento introspectivo destructor. Por ahora, el único espectador que me gustaría tener es mi profe Roy Roberto Meza, el productor. Seguramente pronto le pasaré una copia del corto en DVD. Me urge su opinión... Y también me urge que asesore mi titulación.
Anteriormente tenía un proyecto de tesis titulado Revalorización del guión literario de cine como obra independiente a partir de sus cualidades dramáticas y literarias. Era una obra bastante completa pero que, creo, aportaba muy poco.
Descubrí que la discrepancia entre los guionistas sobre si el guión es una obra literaria o no ha existido siempre. Es una discusión que nunca tendrá final. Por un lado, hay puristas como Reyes Bercini o Guillermo Arriaga que defienden la cualidad literaria del guión; pero hay otros, como los mismísimos José Revueltas o Alejandro G. Iñárritu, que lo rebajan a un mero instrumento del director. Para ellos, el guión es como una esposa a la cual engañan con una amante: la película. Al final se olvidan de la esposa y se quedan con la amante, y así se lucen por todo el mundo, vendiendo su producto.
No quisiera contradecir las opiniones de los que históricamente tienen más derecho que yo. No podría pararme frente a Godard o Truffaut, o frente a Hitchcock o Kubrick, y contradecirlos.
Hay quienes me sugieren que haga, entonces, una comparación entre las opiniones de todos, que las divida en ejes temáticos y salga una "extraordinaria" tesis basada en el análisis comparativo. Qué aburrido.
Las realidades son dos: una, nadie nunca leerá tu tesis (puede que hasta termine en la basura); y dos, o aportas mucho a la Universidad o no aportas nada. Me gusta más esta última.
Roy una vez asesoró una tesis titulada Manual de Producciones de Televisión, la cual quedó olvidada en el pasado (y eso que apenas tiene nueve años). Si la leemos, con justa razón entendemos por qué la olvidaron: el sustentante enumera los modelos de producción antiguos (el año 2006 para la producción audiovisual ya es considerado como antigüedad) y además ocupa un capítulo entero para definir el término manual.
Lo bueno es que el sustentante ya tiene su título de licenciado en comunicación. Sabrá Dios qué estará haciendo ahora. Espero que no sea taxista (y si lo es, ojalá ya haya pintado su taxi de rosa y le haya puesto el logotipo de CDMX, porque se ven rete bonitos).
Surgió entonces la idea de escribir un manual, no de televisión sino de guión. La particularidad sería que el manual estaría dedicado a los estudiantes de la especialidad en Producción Audiovisual de la carrera de Comunicación en la UNAM (et al.), los cuales sufren año con año con una alineación deficiente de profesores que, en su mayoría, no enseñan a escribir guiones, sino a configurar formatos (columna izquierda, columna derecha, cada página es un minuto, iugh...).
No tomaría una posición de guionista profesional. En realidad, sólo he escrito pocos guiones: El Convoy, El Poeta (que es documental), y otros para trabajos realmente pequeños, sin mencionar mis historias publicadas anteriormente en el libro de Raíces y en Yahoo!. (No obstante, espero escribir más para ganar más experiencia).
Lo que sí quiero hacer es tomar el perfil de un lector y observador constante de películas, guiones, cuentos, novelas, obras de teatro, etc. Relatos, en fin. A partir de eso, y con base en los numerosos textos que conozco sobre cómo escribir guiones (o dramas o historias o relatos), puedo redactar un manual que conjunte conceptos, teorías, técnicas y ejemplos sobre cómo escribir para los medios audiovisuales. Mi objetivo: ofrecer a los alumnos una herramienta en la que se compilen los elementos importantes de la mayoría de los textos que deberían conocer para formarse como productores. La base sólida: el plan de estudios de cada materia de guión en la especialidad de Producción Audiovisual.
Idea fumada, pero puede funcionar. Quizá la UNAM me lo agradezca mucho (menos los profesores Patricia Coronado, Carlos González Morantes o Ricardo López; que se esfuerzan por no enseñar nada).
Otro plus (y la otra parte del dilema) es el Diplomado de Guión Cinematográfico que podría tomar el CUEC el próximo año. Si lo tomo, me podría titular con eso y olvidarme del Manual de Guión para Producción Audiovisual. Es tentador...
Así de tentadora es la vida, siempre. Mis tentaciones recientes han sido los concursos de cine a menor escala. No estoy listo ni tengo la experiencia suficiente para inscribir un proyecto ante el FIDECINE, EFICINE, Morelia, Guanajuato o Cannes (ja!).
Estoy en la Filmoteca de la UNAM para aprender más del cine en términos históricos (o sea, ver más películas, leer más guiones y consultar más libros). Estudié Producción Audiovisual para aprender el proceso. Me gustaron clases como Sociología del Cine y Lenguaje Cinematográfico para comprender a los grandes cineastas de la Historia. Y, sin embargo, sigo aquí, en esta pequeña butaca, frente a mi computadora, esperando a que den la una de la tarde para poder irme a casa.
Me acaba de llegar la invitación para participar en un concurso de guión. Otra tentación. Es como si el destino me lo hubiera puesto enfrente justo cuando me pongo a reflexionar sobre mis incipientes cualidades y habilidades cinematográficas.
A ver qué pasa. La próxima vez que escriba aquí, deberé tener algún resultado, o por lo menos deberé estar un escalón más arriba.
Hasta pronto.
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