Harry Potter y la vergüenza del retrato

El fin de semana pasado se lanzó públicamente el que llaman "octavo libro" de la saga Harry Potter. No es más que un libreto de teatro que describe lo que sigue después del epílogo de Las Reliquias de la Muerte. Actualmente, la obra de teatro se presenta en Londres y por ahora no hay planes de traerla a América (ni siquiera a Broadway).

Algo de lo que no estoy seguro es de si haya sido una decisión apropiada por parte de J.K. Rowling escribir una obra de teatro en colectivo (porque al libreto también le metieron mano Jack Thorne y otros); pero de lo que sí estoy seguro es que ha sido una hazaña muy adecuada lanzar el libreto en forma de libro para todos aquellos fans de Harry Potter que no viven en Londres.

Por tanto, Harry Potter and the cursed child, se lanzó el 30 de julio de 2016, al mismo tiempo que abrió funciones públicas en Londres, nueve años después del lanzamiento del séptimo libro, y en el mismo año en que se estrenará el spin off de la serie en cines: Animales fantásticos y dónde encontrarlos. 

Tal parece que la llamada Pottermanía viene de vuelta por un par de años más. Y eso me hace sentir nuevamente como un adolescente.

Cuando tenía 14 años salió la cuarta película de Harry Potter: El cáliz de fuego. Ese día, 18 de noviembre de 2005, había llegado emocionado a la secundaria y había procurado decirle a todo mundo lo emocionado que estaba por el estreno de la película que ansiosamente había estado esperando. El cáliz de fuego se había convertido en mi libro favorito cuando terminé de leerlo, y yo no paraba de imaginar cómo sería ver en pantalla las escenas descritas. Eso hasta que leí El príncipe mestizo, que después se convirtió en mi absoluto favorito de la saga.

El profesor de Historia Universal –un viudo convertido en profesor con voz muy chillona como la de Fillius Flitwick– me había preguntado en clase qué se conmemoraba el 18 de noviembre.

– El estreno de Harry Potter –dije y todo el salón se burló de mí.

A partir de entonces he procurado identificar los momentos en que hago el ridículo frente a una o más personas. En otra ocasión me había confundido de automóvil y había querido abrir la puerta de uno que no era el de mi padre. Y en más de una ocasión me ocurrieron hechos vergonzosos en los salones de clases, ya fuera como alumno o como profesor adjunto.

Hasta el 1 de agosto de 2016 había dejado de considerar y contar las veces en que hacía el ridículo. Pero ese día me ocurrieron tres cosas vergonzosas casi consecutivamente.

La primera tuvo lugar en Editec, la agencia de publicidad y editorial en la que trabajo como locutor para darle voz a los personajes del libro de español de Pearson Realize. Durante la grabación me encuentro solo en la cabina, con audífonos, un micrófono y un monitor al frente. Del otro lado están Efrén (el director) y su asistente (cuyo nombre no recuerdo). Cuando estaba grabando, Efrén pidió hacer una pausa para revisar lo recién grabado.

–Es que suena un ruidito extraño cuando dices algunas palabras...
–¿Seguro? –pregunté sintiéndome nervioso.
–Sí, ¿no lo detectas?
–Quizá son mis lentes. Me los voy a quitar.

Y cuando me quité los lentes, pensando en que era la fricción del armazón con los audífonos de diadema, el sonido seguía allí y ahora sí había logrado percibirlo, lo cual me puso más nervioso.

–Es algo de tu garganta, pero no te preocupes, a otros locutores también les ha pasado –dijo Efrén para tranquilizarme

La grabación continuó y una cosa más ocurrió con mi interior: de pronto mis tripas comenzaron a gruñir exigiendo comida. No pensé en otra cosa mas que en los dos estúpidos chicles Trident que había masticado minutos antes de entrar a la cabina con el fin de que se me abriera la garganta y la nariz. Todos saben que el chicle causa hambre, pero yo no supe a qué nivel hasta ese día. Debido a que la cabina es súper silenciosa y el micrófono captura todo sonido, fue inevitable ocultar mi hambre, así que le dije a Efrén:

–Discúlpame, no he comido y mis tripas gruñen.
–No te preocupes, así pasa –dijo Efrén nuevamente para tranquilizarme, pero seguramente riéndose por dentro porque el micrófono sí había alcanzado a captar algunos gruñidos.

Consideré decirle la verdad antes de que pensara otra cosa... Vamos, los gruñidos de tripas suenan casi igual a los gruñidos de cuando tienes gases.

Cuando llegué al periódico Reforma (mi otro trabajo de medio tiempo), ocurrieron dos cosas vergonzosas más.

La primera fue cuando, después de regresar del baño, encontré a Mario, Esteban y Mariana en la oficina del jefe, platicando. En ese momento salió Edgar, el otro jefe, de su oficina para pedirme una memoria SD que me había prestado, y se me ocurrió decir:

–Chale, los llamaron a ellos y a mí no...
–Tssss –masculló Edgar en tono burlón.
–Equis, seguro los van a despedir –dije y ambos reímos.

Poco después, cuando ya me encontraba en mi cubículo trabajando y una vez que mis tres compañeros habían regresado a sus lugares, el jefe gritó desde el exterior:

–¡Eduardo Serralde! ¿Cómo que te sentiste porque no te llamé a la junta?
–Noooo, yo no... –intenté hablar, pero era demasiado tarde: los demás ya se estaban riendo.

Poco después me enteré de que la reunión había sido para conversar qué iba a pasar con ellos después de que su tiempo de prueba terminara. A mí todavía no me toca porque llevo menos tiempo.

La segunda ocurrió cuando trabajaba. Traía puestos mis audífonos mientras editaba un video sobre #LadyAudi y difícilmente escuchaba lo del exterior; pero en ese momento me pareció escuchar la voz de mi jefe pronunciar un nombre parecido al mío.

–¡Pedroooo! –dijo el jefe.
–¿Qué pasó? –respondí.
–Dije Pedro, no Eduardo... –dijo el jefe burlándose nuevamente–, ahora no te cambié el nombre.

Risas de los demás. Y es que ha sido una costumbre que me cambien el nombre por el de Mario, quien se parece a mí (no yo a él) físicamente, y lo cual al principio me molestaba, pero después terminé aceptando porque, desde mi punto de vista, hay tres razones por las que les podrías cambiar el nombre a una persona. Una es porque los nombres se parecen: es probable que si te llamas Eduardo, te cambien el nombre por Edgardo o Gerardo. Otra es porque las personas se parecen físicamente, como Mario y yo. Y la última es porque la otra persona en realidad piensa más en otra persona con ese nombre que en su interlocutor inmediato, lo cual me lleva a recordar en una cosa que me ocurrió con SMD ese mismo día.

Habíamos charlado casi todo el día, y habíamos llegado al punto de contarle mis hechos vergonzosos, con la intención de entretenerlo y no dejar morir la plática, aunque él se encontrara lejos en su tierra. Cuando estaba a punto de contarle la de la confusión de Pedro-Eduardo, SMD me respondió:

–¿Qué pasa, Emmanuel Vergüenzas Serralde?

¿De dónde sacó SMD el nombre de Emmanuel? ¿Cuál de las tres razones que mencioné anteriormente es la adecuada? No sé, me confundió totalmente. Su justificación fue "por estúpido", pero... ¿de verdad?. Yo no pienso que sea tan estúpido como para cambiarle el nombre a una persona, en un mensaje escrito, con la que ha conversado durante tres meses consecutivos sin parar. No lo puedo creer. Él no es estúpido y yo tampoco. Y lo peor de todo es que eso contribuyó a que se crearan más dudas en mí con respecto a él, más porque ocurrió un día después de haber discutido por su personalidad de celebridad de la que asegura sentirse sin cuidado.

Un día antes le había hecho burla por su perfil de celebridad y por el hecho de que muchas personas lo conocen más por sus tweets que por su persona. Cuando le dije que "tweets vemos, DM's no sabemos", me mostró sin desdén una captura de pantalla con la vista previa de los mensajes directos que había recibido y enviado en los últimos días. Desde afuera, la mayoría indicaba insinuaciones sexuales o amorosas con personas que, al igual, tienen complejo de celebridad en Twitter. Y de ahí empezó una discusión cuando le demostré que yo no era igual que él.

Después de un incómodo día a partir de eso, le sugerí acompañarlo hasta su autobús, pues esa noche se iría a su tierra natal y yo tenía ganas de verlo porque, en realidad, estoy seguro de que me gusta, pero no estoy seguro de si quiero estar con él.

Nuestra primera salida fue inusual, como el username del sujeto (de Twitter también) que lo abrazó en La Purísima. La segunda salida (la cita exprés en el Metro el día de su partida) estuvo respaldada por la discusión de los DM's, a pesar de que culminó con un diminuto beso que se me ocurrió darle y que no sé si haya sido apropiado. En la tercera no sé qué pase, pero SMD ya ha perdido puntos desde mi perspectiva. Quizá yo también, pero he descubierto que mis mejores armas para luchar por él son las sinceridad, la inteligencia y la vulnerabilidad; aunque a veces me exceda en alguna.

Cuando lo acompañé en el Metro, me hizo esperar cuarenta minutos para verlo, los cuales sirvieron para poner una playlist con canciones aleatorias en mi iPod. La primera fue el primer movimiento del Concierto Nº 5 para piano de Beethoven, que dura como 25 minutos. La segunda fue el primer movimiento de la 5ª sinfonía del mismo Beethoven, aquel sordo que no oía pero bien que componía.

Dicen los rumores que Beethoven compuso su quinta sinfonía cuando ya comenzaba a quedarse sordo. Alguien tocó la puerta de su habitación cuatro veces: toc toc toc toc; y hay quienes afirman que esas cuatro notas sirvieron para la base de la quinta sinfonía, la cual después sería representada en letras como: chan chan chan chaaaan, (y que obviamente sonaría majestuosamente con violonchelos y me pondría los pelos de punta). Esto se lo conté a SMD y puso una cara de incredulidad. Mi cara fue la misma cuando quien me lo dijo fue el conductor de la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata.

Quiero hablar más de música...

Después de Beethoven, un siglo y un par de décadas después, Farrokh Bulsara, a.k.a. Freddie Mercury, había declarado: No seré una estrella de rock, seré una leyenda; al momento en que interpretaba por primera vez la canción Bohemian Rhapsody a su productor Roy Thomas Baker, y antes de convertirla en una de las mejores canciones de la Historia. "Aquí entra la sección de ópera, cariño", dijo Freddie cuando se detuvo.

Después, en los noventa, Jorge Mejía tenía ya las primeras frases y acordes del mayor éxito que haya escuchado la música grupera mexicana: Si en una rosa estás tú, si en cada respirar estás tú, cómo te voy a olvidar. Alguien le dijo en la radio que la canción no duraría más de tres meses "porque era muy larga" (dura cuatro minutos y cachito). Y así, Los Ángeles Azules se volvieron (más) famosos, sonando en cada fiesta de cada barrio del extinto Distrito Federal.

[...]

Por un momento olvido por qué estaba hablando de estas tres composiciones musicales que nada tienen que ver. Más bien, creo que se trata de una coincidencia de secuencia de la misma lista de reproducción que está ocurriendo en mi iPod mientras escribo esto. Primero sonó Beethoven, después Queen, luego Los Ángeles Azules. (Después seguirían Gloria Trevi, otra vez Queen, Led Zeppelin, y otras más).

Pero resulta apropiado mencionar esto porque así, igual que la música en mi iPod, mi vida tiene una diversidad incomprensible para muchos.

"Me encantan tus cambios de música", dijo mi abuela cuando el otro día comencé escuchando la música de El Rey León de Broadway y terminé con Sergio Vega.

Aunque me cueste aceptar que sea diversa, al final siempre termino diciéndolo; pero no es la única vida del mundo y por eso me tiene sin cuidado. Estoy seguro de que hay vidas más interesantes y diversas que la mía, rondando por ahí. Y porque la mía salió así, debo aceptarla. Hay quienes la encuentran aún más relevante, y la han dotado de eufemismos que no pasan del "eres muy interesante", "qué curioso eres", "tienes gustos diversos".

Bromeo seguido con que la vida (o el destino o Dios) me dotó de esa diversidad, y de algunos talentos, porque decidió que eso sería más producente que ser físicamente agraciado, es decir, tener un perfil estadounidense o europeo. Aunque a menudo me gustaría ser más alto, más delgado, con facciones más finas y un pelo menos rebelde, termino agradeciendo como soy y pensando en que realmente podría ser peor. Sin embargo, no descartaría posibilidades exorbitantes como arreglarme la nariz y los labios, quitarme la papada, inyectarme las nalgas y hasta alargarme el pene... Bueno, esto último no. Estoy a gusto con su tamaño.

Con el tiempo he aprendido a vivir con cada uno de mis detalles físicos e interiores, y he sabido sacarles provecho (como mi voz, que algunos encuentran atractiva y sensual, a pesar de que se me salgan ruiditos mientras grabo en Editec). Y aunque casi todo el tiempo procuro verme bien (porque no soy del tipo de muchachos que se ven bien todo el tiempo, se bañen o no, y que salen bien a la primera selfie), no es algo de lo cual deba sentirme orgulloso. Encuentro bastante aburrido querer sentirse orgulloso de uno mismo todo el tiempo. Por eso nunca he ido a una marcha gay.

Mentí. Sí fui una vez, con un ex novio llamado Jorge que técnicamente me obligó a ir (a pesar de que él tenía 16 y yo 18 años). Pero desde ese momento me prometí no volver a ir. Lo definí como vergonzoso y poco interesante. Ese día Jorge había estado preocupado por encontrarse con su amigo del que permanecía enamorado desde hacía tiempo, en vez de estar conmigo y disfrutar (si se podía) el desfile gay.

La situación ha sido la misma en varios aspectos. Yo, acompañando a alguien que considero especial, rodeado de sus amigos o conocidos, y sintiéndome poca cosa porque no coinciden ni mi forma de pensar ni mi apariencia ni mis actitudes con ellos. Ha ocurrido en muchas ocasiones, y comienzo a cansarme de ello, porque al final el que pierde soy yo.

Si me voy o si expreso mi incomodidad, me ven mal. "Qué mamón", "¿Para qué lo trajiste?", "Qué antipático", me ha tocado escuchar sobre mí. Estoy a nada de que me ocurra nuevamente ("No es Tweetstar").

Ahora estoy más vulnerable que en cualquier momento de mi vida, y no exagero.

Hay veces en que quisiera olvidarme de todo y de todos (hasta de SMD) y escapar.

Anhelo que llegue a mí Harry Potter and the cursed child, para leerlo y volver a sentirme como hace diez años, con fuerzas y magia en el interior, sin preocupación por mis amigos dispersos o por un chico desconsiderado que me gusta mucho.

Quiero preocuparme por Harry y lo que pase con él, sus hijos, Ron, Hermione, y el posible regreso (?) de lord Voldemort...

Quiero seguir siendo yo, quiero gustarme de nuevo.

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