December boy

Hace años, cuando era fan obsesivo de Harry Potter y de todo lo que tuviera que ver con su universo cinematográfico, vi una película en la que el protagonista de Potter –Daniel Radcliffe– actuaba junto a un puñado de personajes niños huérfanos que se hacían llamar The December Boys, homónimo de la película. Se llamaban así porque todos cumplían años en diciembre, y a partir de entonces decidí que yo también sería un December Boy porque mi cumpleaños es, precisamente, en diciembre. Inolvidable porque es un día antes de Nochebuena: el 23 de diciembre.

Menudo día en el que se le ocurrió a mi madre tenerme. Hubiera preferido nacer en noviembre o en junio, que son meses en los que casi siempre ha habido estabilidad emocional en mi vida. Pero me tocó diciembre, y peor: pegadito a la Navidad. Sospecho que si hubiera nacido el 24, probablemente llevaría por nombre Jesús. Agradezco que no haya sucedido así. Y también, es bueno que no me hayan puesto el nombre del santoral, pues el 23 es día de Santa Victoria (sepa Dios quién fue ella), y no me habría parecido llamarme Víctor o alguna de sus variantes (Victorio, Victorino, guácala).

Pero me pusieron Eduardo... qué chafa... y aquí sigo, vivo. Apenas descubrí que mi tatarabuelo también se llamó Eduardo Serralde; sin embargo, no me pusieron el nombre por él. Resulta que fui producto de una discordancia entre mi dos padres: mientras el uno quería ponerme Eduardo, la otra quería ponerme Mauricio. Cuando él tuvo que regresar a su casa por su acta de nacimiento para poder registrarme, ella fue obligada por la burocracia a darse prisa. "Póngale ya los dos", le dijo la secretaria malencarada a mi inocente madre de 18 años. Y me pusieron los dos.

Durante los años, mi cumpleaños había sido una fecha esperada. Me daba gusto esperar cada 23 de diciembre y celebrar un híbrido de posada y cumpleaños. Lo mismo partíamos un pastel que pedíamos posada con los peregrinos. La única justeza era que había una piñata, y no necesariamente era una piñata tradicional con picos de cartón y rellena de frutas de la temporada. Era una piñata de alguna figura de Disney. Aún recuerdo la mejor que tuve: fue de Mike Wazowski, y estaba tan hermosa que me dolió mucho romperla.

Con el tiempo, dejó de ser "el esperado cumpleaños de Eduardo". En una ocasión, casi obligué a mi padre a celebrarme en grande, aun sin saber si tenía dinero o no para hacerlo. Me recuerdo comprando en una papelería unas invitaciones de cartón de Harry Potter y llenando cada una de ellas: Te invito a mi fiesta. Será a las 5 p.m. en mi casa. No faltes. Y un dibujo de la Snitch dorada.

Después de mis 15 años, no recuerdo haber celebrado nada, por lo que mi cumpleaños comenzó su racha de aburrimiento. Tampoco recuerdo cuando cumplí 16 (lo único que recuerdo es que me hice un video de felicitación que duraba unos 20 segundos y que subí a un extinto blog de estos que nadie lee). 

Pero a los 17 fue otra cosa. Siempre recordaré ese cumpleaños aunque no quiera. Es el cumpleaños en el que oficialmente salí del clóset con mis padres y, por lo tanto, con el resto de mi familia. Es uno de esos días que quisiera borrar de mi mente, y a veces creo que lo logro; pero cuando pienso en que mi padre o madre recuerdan ese día como el de la gran revelación, me inquieto. Me agobia pensar que ellos piensan en mí como el mismo de aquella época. 

Afortunadamente, cinco años después (cuando cumplí 22) llegó otro cumpleaños que llegó para ser recordado siempre. Estoy seguro de que dará mucho de qué hablar durante el resto de mi vida, y es que ocurrió mientras mi amiga Alejandra y yo nos encontrábamos en el aeropuerto Charles De Gaulle de París, después de perder el vuelo de regreso a la Ciudad de México. 

Al parecer en mi casa habían planeado una fiesta por mi triunfal regreso. Y mira que el 2014 había sido un año de grandes logros en todo sentido: terminé la carrera, cumplí un año trabajando como profe adjunto, gané un lugar en el concurso de cortometrajes documentales, conocí a Exeimuel, viajé a Europa, etcétera. Y por eso habían planeado la fiesta. Sin embargo, el error humano hizo lo propio y nos obligó a Alejandra y a mí a quedarnos en el Charles De Gaulle durante un día completo: desde las 22 horas del 22 de diciembre hasta las 22 horas del 23 de diciembre. 

Para nuestra suerte, el error humano nuevamente hizo lo propio y nos concedió a mí y a mi amiga dos lugares juntos en la business class del vuelo. Fuimos tratados como reyes, sin que la tripulación del avión supiera que estábamos ahí por error. Aún me recuerdo diciéndole a Alejandra que quería que el avión despegara pronto para que no nos pudieran hacer nada, como en la película Argo de Affleck. 

Y ahora, en 2015, un año en el que ocurrieron cosas contrarias a su antecesor, me encuentro desairado, sin ganas de que llegue el miércoles 23 de diciembre. A pesar de que económicamente me encuentro estable (pues recibí el gran pago por dar clases este último semestre), me agobia el futuro en todo sentido: emocional, laboral, social, académico. 

Recordaré el 2015 como el año en que uno, me exhibieron un cortometraje en salas de cine; dos, viajé a Chile y vi en vivo a Queen; tres, hubo una extraordinaria fiesta de graduación con mis compañeros de la universidad. Pero también lo recordaré como el año en que olvidé a Exeimuel y conocí a Emmanuel, en que me harté de mi trabajo y empecé a buscar otras salidas, en que la flojera intelectual se apoderó de mí... y como el año en que se estrenó Jurassic World y Star Wars VI: The Force Awakens (sobre esta última viví algo mágico, porque durante mucho tiempo había querido vivir la emoción de ver una película de Star Wars en cinemas –de hecho vi el episodio III, pero yo era muy pequeño para recordarlo). 

Antes de que el año termine, la vida decidió hacerme una mala (¿o buena?) jugada, emocionalmente hablando. Las cosas con Emmanuel (quien esporádicamente se convirtió en mi pareja constante) no terminaron bien, y como consecuencia (quizá) conocí a otro muchacho a quien llamaremos Prince of Silver. Lo conocí en una fiesta y casi todo sucedió: el primer saludo, el cortejo, el baile, la bebida, el beso, el toqueteo, dormir juntos. Casi todo menos sexo, afortunadamente. 

Se trata de un muchacho desconocido, apenas si lo he visto un par de veces en mi vida, y no puedo negar que me atrae físicamente; pero me temo que a la vez lo he encasillado en el papel del lugar común, típico de un muchacho que es fácil de encontrar, que no tiene las grandes e intensas conversaciones ni mucho menos de qué poder presumir. A juzgar por sus gustos musicales (electrónica, en su mayoría), diría que es una especie de easy-come-easy-go boy. 

Dios sabrá qué pasará con él.

Lo único que espero es no encularme tan pronto (que para eso me pinto solo, chingao...).



Señor Serralde, he ahí su regalo de cumpleaños. Ya no esté chingando.

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