El transporte y sus (mis) historias
Aparentemente tengo una fijación (inconsciente, como todas las fijaciones) con crear (inconscientemente también) historias en el transporte público. Siempre he argumentado que todas las líneas de transporte de la Ciudad de México son las venas de la ciudad misma: por ellas pasamos todos, el ADN de la ciudad, queramos o no. En las múltiples ocasiones en que he tenido oportunidad de hablar sobre El convoy o (No soy una metrera) he dicho lo mismo.
A la historia ficticia de mi cortometraje podemos aumentarle la historia real de cuando conocí a Samuel en el convoy original (puedes leer una parte aquí), y de la cual escribí 64 páginas.
Recientemente, las circunstancias han provocado que otra historia en el transporte público pueda surgir y elegirme a mí como protagonista. Resulta que cada noche –cuando salgo de mi trabajo en el periódico Reforma– utilizo el Metro, recorro una estación, salgo y abordo un autobús que me lleva a una zona cercana a mi casa. La particularidad de ese viaje es que casi siempre (de unos quince días para acá) me he encontrado en el autobús a un muchacho delgado, de lentes cuadrados, pelo rizado, disfrazado de Godínez (igual que yo) y que (también igual que yo) está pegado al teléfono y con los audífonos puestos.
En un universo paralelo, si él fuera un Samuel y mostrara el mínimo interés en mí –y además diera el primer paso– posiblemente ya nos habríamos hablado. Pero yo me rehuso a ser el posible protagonista de esa posible historia.
Cuando le conté a Esaúl sobre eso, me dijo que a mí siempre me ocurren historias en el transporte público.
–Nah, sólo dos –le dije a mi interlocutor que me lee desde Málaga, España. Y entonces me hizo recordar la vez en que nos encontramos (o más bien, que me descubrió) en el Metro.
Era un día de esos en que no hacía nada más que ver películas en la Cineteca y escribir mi tesis. Había llovido tanto todo el día (después de intenso calor toda la semana) que decidí abrigarme como si estuviera en Europa nuevamente. Además me acompañaba mi paraguas del PRI que me regaló un amigo una vez que me quedé atrapado en la Facultad mientras esperaba al infeliz de Emmanuel.
Cuando entré al convoy ese día, me recargué en la puerta e inmediatamente recibí una notificación de Twitter en mi iPhone. Era Esaúl preguntándome si estaba en ese momento en el Metro.
Pánico.
Volteé a todos lados y en seguida lo descubrí a él levantándose para saludarme. Mi expresión de sorpresa sólo me hizo estrechar su mano y preguntar:
–¿Que no estabas en otro país o algo así?
–En otro país llamado Mérida, pero estoy de visita para darles un recorrido a ellos... –dijo mientras apuntaba a un grupo de chicos que no volteé a ver.
Poco después llegamos a la estación Copilco y Esaúl se despidió.
–Luego nos vemos –dijo–, ya que nos tenemos en todo.
Él y su grupo salieron del vagón y yo me quedé ahí, esperando llegar a la estación Coyoacán para ir a la Cineteca como era costumbre.
Pensé si en verdad nos teníamos en todo y resultó que sí. Casi todas las redes sociales, y sin saber quién había agregado a quién ni por qué nos habíamos aceptado. Lo cierto es que, dos meses después, he vuelto a hablar con él con mayor frecuencia, pero ahora que él está en Málaga.
Yo acá, en la espera de una nueva historia en el transporte público de la CDMX, no me había percatado de que todos los días vivo una historia con él, pues siempre conversamos por Telegram cuando voy de ida o de regreso, antes o después del trabajo.
El transporte público me atrapó, y yo a él.
A la historia ficticia de mi cortometraje podemos aumentarle la historia real de cuando conocí a Samuel en el convoy original (puedes leer una parte aquí), y de la cual escribí 64 páginas.
Recientemente, las circunstancias han provocado que otra historia en el transporte público pueda surgir y elegirme a mí como protagonista. Resulta que cada noche –cuando salgo de mi trabajo en el periódico Reforma– utilizo el Metro, recorro una estación, salgo y abordo un autobús que me lleva a una zona cercana a mi casa. La particularidad de ese viaje es que casi siempre (de unos quince días para acá) me he encontrado en el autobús a un muchacho delgado, de lentes cuadrados, pelo rizado, disfrazado de Godínez (igual que yo) y que (también igual que yo) está pegado al teléfono y con los audífonos puestos.
En un universo paralelo, si él fuera un Samuel y mostrara el mínimo interés en mí –y además diera el primer paso– posiblemente ya nos habríamos hablado. Pero yo me rehuso a ser el posible protagonista de esa posible historia.
Cuando le conté a Esaúl sobre eso, me dijo que a mí siempre me ocurren historias en el transporte público.
–Nah, sólo dos –le dije a mi interlocutor que me lee desde Málaga, España. Y entonces me hizo recordar la vez en que nos encontramos (o más bien, que me descubrió) en el Metro.
Era un día de esos en que no hacía nada más que ver películas en la Cineteca y escribir mi tesis. Había llovido tanto todo el día (después de intenso calor toda la semana) que decidí abrigarme como si estuviera en Europa nuevamente. Además me acompañaba mi paraguas del PRI que me regaló un amigo una vez que me quedé atrapado en la Facultad mientras esperaba al infeliz de Emmanuel.
Cuando entré al convoy ese día, me recargué en la puerta e inmediatamente recibí una notificación de Twitter en mi iPhone. Era Esaúl preguntándome si estaba en ese momento en el Metro.
Pánico.
Volteé a todos lados y en seguida lo descubrí a él levantándose para saludarme. Mi expresión de sorpresa sólo me hizo estrechar su mano y preguntar:
–¿Que no estabas en otro país o algo así?
–En otro país llamado Mérida, pero estoy de visita para darles un recorrido a ellos... –dijo mientras apuntaba a un grupo de chicos que no volteé a ver.
Poco después llegamos a la estación Copilco y Esaúl se despidió.
–Luego nos vemos –dijo–, ya que nos tenemos en todo.
Él y su grupo salieron del vagón y yo me quedé ahí, esperando llegar a la estación Coyoacán para ir a la Cineteca como era costumbre.
Pensé si en verdad nos teníamos en todo y resultó que sí. Casi todas las redes sociales, y sin saber quién había agregado a quién ni por qué nos habíamos aceptado. Lo cierto es que, dos meses después, he vuelto a hablar con él con mayor frecuencia, pero ahora que él está en Málaga.
Yo acá, en la espera de una nueva historia en el transporte público de la CDMX, no me había percatado de que todos los días vivo una historia con él, pues siempre conversamos por Telegram cuando voy de ida o de regreso, antes o después del trabajo.
El transporte público me atrapó, y yo a él.
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