Capítulo 1 - El Convoy
ADVERTENCIA
La materia prima de los productores audiovisuales, como es mi caso, siempre ha sido el drama. Y éste, a su vez, constituye la vida cotidiana de los seres humanos. Somos dramáticos por naturaleza: cuando nacemos y lloramos por primera vez, los médicos y nuestros padres se alegran porque estamos vivos. Cuando llegan los familiares a visitarnos, los miramos con nuestros pequeños ojos de bebé y ellos sonríen de alegría porque estamos vivos. Cuando decimos nuestra primera palabra o damos nuestro primer paso, todos lloran de felicidad porque estamos vivos. Todo eso es drama, y no precisamente se refiere a la enajenación con algo que ocasiona lloriqueo o exaltación; sino a la construcción cada una de las historias que componen nuestra vida. El drama es parte de la vida.
El drama es también la base del espectáculo. El espectáculo funciona a base de relatos, y si el relato es bueno, el éxito del drama está asegurado. Al relato lo constituyen personajes, lugares, espacios, tiempos, formas, colores, etcétera. Y sobre eso quiero escribir hoy, con la esperanza de que todo lo que leerás aquí ha de funcionar cuando todo termine.
Esto es una advertencia porque todo es real. Ninguna situación que leerás aquí fue inventada. Esta es una historia que se está escribiendo día con día y que por ahora no tiene final. Es una historia sobre la vida misma; y pretendo saber si funciona, igual que los dramas y los espectáculos.
1
EL CONVOY
13 DE JUNIO DE 2014
Durante un buen rato existió una tendencia muy extraña entre mi grupo de amigos: de pronto, todos querían ser profesores adjuntos. Eso significa no ser ni profesor ni alumno; es decir, un término medio que sirva como ayuda para ambos elementos: profesor y alumno. La tendencia se dio porque inicié yo.
Cecilia Sánchez y Laura Canales fueron dos profesoras que me acogieron como profesor adjunto –o adjunto, como se nos llamaba coloquialmente–. Durante un semestre entero estuve sentado al frente de la clase casi esperando el momento en que me tocara decir algo útil para que los alumnos no me consideraran pendejo ni barco. Géneros Periodísticos y Lenguaje eran las materias que yo impartía.
Al siguiente semestre, Alejandra y Daniela, quienes son mejores amigas de quien esto escribe, también imitaron la tendencia: se volvieron profesoras adjuntas de un profesor que tenía, en sentido figurado, dos caras: una, la que veían sus amigos y admiradores, era la de ser un excelente Doctor (no médico) e investigador; y dos, la que veían sus enemigos, era la de ser un perverso y un pinche viejo caliente que gustaba de mirar las piernas de sus jóvenes alumnas.
Pero incluso después de esto, la tendencia fue desplazada por otra (que lamentablemente también inicié yo). Cuando fui adjunto de Cecilia Sánchez, hubo un alumno con el que salí en contadas ocasiones y con el que formé una relación muy breve. Me alegra decir que todo se quedó a un paso antes de ser formalmente novios. Si eso hubiera pasado, habría cometido la tontería más grande de mi vida: ser novio de un alumno.
No me gustaría decir que Alejandra y Daniela imitaron la tendencia, pero lamentablemente hicieron lo mismo: salir con sus alumnos. Actualmente, mientras Alejandra tiene conflictos confusos con el suyo, Daniela está alegremente enamorada del suyo.
Todo esto sucedió en menos de seis meses.
Y durante este semestre, en el que me volví adjunto remunerado por primera vez de Lourdes Durán (la jefa), yo no moví un pelo. Quiero decir que no tuve la intención de salir con alguno de mis alumnos porque simplemente “ya no me llamaba la atención”.
Hasta que llegó Micelí.
Seré sincero: Micelí no era el mejor alumno: faltaba a clases, no entregaba tareas, etcétera. Sin embargo, sabía escribir muy bien y, al parecer, era muy inteligente. Realmente no me llamaba la atención, porque además ni era guapo.
Al término del semestre entregué calificaciones finales a los alumnos. Pero Micelí fue el problemático: resultó que no entregó a tiempo algunos trabajos importantes y se escudó en Lourdes Durán para pedir más tiempo y poder tener una calificación decente en esta clase.
Fui amable con él y le di la oportunidad de enviar (y corregir) algunos trabajos finales por Facebook. Cuando le entregué de vuelta una calificación aprobatoria, me agradeció infinitamente y le propuse que me invitara una cerveza para agradecerme con más estilo. Después respondió que no bebía alcohol, pero que con gusto me invitaba un café. Yo acepté.
La reunión para el café quedó acordada para el 13 de junio. Micelí y yo iríamos al centro de Coyoacán a beber café y a platicar sobre su vida. La mía es un caos, por eso no hablo de ella.
La cita inicial fue en la estación Universidad del Metro a las 5:30 de la tarde, y básicamente comencé a conocer a Micelí desde ese momento: se trataba de un muchacho impuntual que llegaba una hora después a sus citas.
Lo bueno fue que, durante mi espera, encontré a Zeltzin, otra mejor amiga que me incitó a ser rudo y a decirle a Micelí que, si no llegaba en determinado tiempo, me iría. Cuando hice eso, el alumno llamó y pidió que lo esperara unos minutos más, pues estaba a punto de llegar.
Al poco tiempo, Zeltzin se fue y Micelí llegó.
Ahora que lo pienso, nunca le pregunté el origen de su nombre. Suena extraño, no es un nombre que escuchas muy seguido en la Ciudad de México. Lo que sí supe fue que Micelí nació en Oaxaca y estaba estudiando en la UNAM desde hacía dos años.
El metro, el centro de Coyoacán y las calles de la colonia Del Carmen fueron los lugares por los que el alumno de cuarto semestre (y además mayor que yo: 23 años) y el profesor adjunto caminaron y conversaron.
Aprendí más cosas: Micelí sabe bailar salsa, cumbia, danzón, merengue, y todo lo demás; ve series de televisión en una página web llamada seriespepito y en los próximos días regresaría a Oaxaca para visitar a sus parientes, los cuales, me imagino, han de estar orgullosos de que el pequeño Micelí estudie en la UNAM.
A las 9:30 de la noche tomamos diferentes rumbos: él al norte y yo al sur, de vuelta a Universidad. Yo, por un lado, feliz de que todo había terminado porque sinceramente la “cita” con Micelí no había sido precisamente un éxito; y por el otro, triste porque una vez más era viernes por la noche y yo estaba tan solo como lo había estado durante los últimos dos años.
En los periódicos de nota roja llaman convoy al Metro. Es un término adecuado, muy preciso; pero yo lo incluiría en la lista de los términos más clichés del periodismo (junto con las palabras occiso y desaparecido). Y cuando se juntan pasajeros, andén y convoy, la vida y el destino depende de éste último. Es el convoy quien decide si llegas tarde o temprano al trabajo o a la escuela, es también quien decide si muere el aventado a las vías o los pasajeros, o si entran o salen más personas de los vagones.
Después de que Micelí se fue en su respectivo convoy pensé que su suerte era mejor que la mía, pues iba a llegar temprano a su destino. Además, él no tiene familia en la Ciudad, por lo tanto no lo pueden molestar todo el tiempo por medio del celular para saber en dónde anda o a qué hora llega. Algo que sí sucede conmigo, a veces.
Mi espera de veinte minutos sirvió para que leyera algunos carteles pegados en los tablones de anuncios del andén y para que acomodara mis audífonos en mis orejas y los pasara debajo de mi camiseta hacia mi bolsillo con destino al iPod.
Puse a Queen, mis favoritos de siempre. La canción se llama The miracle, el milagro, y fue publicada en los ochenta. Lo que me gusta de The miracle es su videoclip: Freddie Mercury, John Deacon, Brian May y Roger Taylor tocando con sus respectivas versiones infantiles. Sin mencionar que el ritmo es absolutamente sensual.
Sonaba el milagro cuando mi convoy llegó. Se abrieron las puertas y salieron algunos godínez. Dentro del vagón hacía mucho calor, pero no quise despojarme de mi suéter porque sólo serían cinco estaciones cortas las que habría que aguantar. Antes de acomodarme y agarrarme de un asqueroso tubo para manos, vi que alguien me observaba.
Su cara era perfecta: facciones definidas, piel clara, anteojos rectangulares, cabello quebrado y a la vez revuelto y acomodado hacia la derecha. Era apenas unos centímetros más alto que yo y vestía una linda camisa roja junto con un pantalón caqui. Una mochila negra colgaba de su hombro y atravesaba su torso robusto. Sus ojos, indescriptibles en este momento, miraban hacia una sola dirección. Y no había mayor placer que descubrir que esa dirección era yo mismo.
El muchacho me veía como si no existiera nadie más en el mundo. ¡Por Dios, de todas las personas en el vagón, ¿yo?!
Tuve que responder a su mirada, que no era ni inocente ni lasciva, y no pude sostenerla por más de diez segundos. Maldición, era jodidamente guapo.
Observé mi atuendo y deduje que no estaba tan mal: la playera nueva con el estampado de la avenida Queens de Nueva York me venía bien. El pantalón verde y la sudadera gris hacían buena combinación también.
Cuando The miracle terminó, decidí repetirla y gesticular su letra:
Cada gota de lluvia que cae
en el desierto del Sahara
lo dice todo: es un milagro.
Todas las creaciones de Dios
pequeñas y grandes,
el Golden Gate y el Taj Mahal,
son un milagro.
La letra es demasiado exagerada. Básicamente, Queen dice que todo lo que sucede en el mundo es un milagro. Hasta que llega el estribillo, que es lo más preciso de toda la canción:
La única cosa
que todos estamos esperando
es paz en la Tierra
y el fin de la guerra,
es un milagro lo que necesitamos.
El milagro es lo que todos esperamos hoy.
Y pensé: ¿será cierto que todos esperamos un milagro? ¿De verdad el mundo se constituye a base de milagros? ¿Donde quedan las coincidencias o el llamado “destino”?
En ese momento sabía que había un muchacho observándome en el vagón. Y curiosamente era un muchacho que me parecía físicamente maravilloso. Pensé: ¿de verdad le gustaré? ¿O sólo está jugando a las miraditas? ¿Y si es de verdad todo esto y al final terminamos siendo la pareja del año? ¿Qué es esto: un milagro, una coincidencia o mi destino?
El único destino que tenía claro era Metro Universidad. Dejé de pensar en pendejadas cuando salí del convoy.
Usualmente, después del metro tengo que abordar una combi o una vagoneta. Éstas últimas son mejores: cabes mejor, tienen ventanas y no hacen tanto ruido. Lo único malo es que a esa hora hay que hacer una fila bastante larga para abordar.
La fila está siempre debajo de un toldo que no sirve para nada: cuando hay sol no te hace sombra y cuando llueve deja filtrar el agua por sus desgastadas superficies. Pero en esta ocasión sirvió para que una vez más el muchacho y yo compartiéramos otra cosa: un mismo destino.
Me formé en la fila y, justo después de mí, él llegó. Pensé en que me estaba siguiendo, luego me dije: “no pienses tonterías, obviamente va a su casa también”. Cuando abordamos la vagoneta nos sentamos el uno al frente del otro, casi sin mirarnos esta vez porque estábamos más cerca.
El trayecto del Metro Universidad a Villa Coapa dura aproximadamente 20 minutos. Fueron 20 minutos que tuve para pensar la siguiente lista de cosas:
1. “El chico me gusta.”
2. “Al chico le gusto.”
3. “¿Y si no le gusto?”
4. “¿Querrá sólo sexo? No estaría mal...”
5. “Me recuerda a alguien, no sé a quién.”
6. “¿Debería hablarle?”
7. “¿Pero qué le digo?”
8. “Le preguntaré la hora.”
9. “Mejor le preguntaré si conoce a Carlos, un compañero que tenía un novio parecido a él.”
10. “Mala idea.”
11. “Ni siquiera lo pienses: se va a bajar de la vagoneta antes o después de ti.”
No sé exactamente qué pensó él, pero lo vi hacer una cosa en particular. De pronto, de su mochila comenzó a sacar algunos papelitos, entre los cuales se colaron algunos boletos de la Cineteca Nacional, lo cual me obligó a pensar una lista más de cosas:
1. “¡Wow, la Cineteca!”
2. “Es mi segundo lugar favorito, después del Monumento a la Revolución.”
3. “¡Le gusta el cine!”
4. “Cuando seamos novios podríamos pasarnos el tiempo allí.”
5. “Mmm... Ya guardó esos boletos.”
6. “Oh, por Dios. El chico ha sacado un bolígrafo.”
El bolígrafo se convirtió en su aliado. Algo tramaban él, un papelito y el bolígrafo. Los odié tanto porque desde mi lugar no alcanzaba a ver qué escribía.
Puse mi mejor expresión. No podía dejar de pensar en el lema de una película que una vez vi en la Cineteca: Sólo hay una oportunidad de dar una buena primera impresión. Y pienso que me vi arrogante al cambiar casi a cada minuto la canción en mi iPod y al acomodarme el cabello en numerosas ocasiones. Todo con la intención de darle una buena primera impresión.
A unos minutos de bajarme de la vagoneta, seguí el protocolo: pausé la música, saqué una moneda de cinco pesos, la pasé al conductor y le pedí que me dejara en la siguiente esquina. Es un protocolo que todos los viajeros de la ciudad tenemos en común. Y era algo que él y yo tuvimos en común una vez más en ese momento.
También pasó su respectiva moneda y anunció que bajaría en la misma esquina que yo. Mi mente hizo una lista nueva de cosas:
1. “¡Se va a bajar en el mismo lugar que yo!”
2. “Vive por aquí, es una zona linda.”
3. “¿Y si vive por donde yo? Ojalá no, porque son lugares feos.”
4. “¿Qué habrá escrito en el papelito?”
Afuera hacía un frío acogedor y había una luna de fresa hermosa. Se le llama Luna de Fresa a las lunas llenas que ocurren en junio, que a la vez es temporada de fresas. Según un sitio de internet, las lunas de fresa indicaban a alguna tribu estadounidense que era tiempo de cosechar las fresas. La luna llena de fresa de esa noche era también una luna llena de viernes 13.
Habían pasado cosas extraordinarias en todo el país, pero quizá la más reconocida era que la Selección Mexicana había ganado su primer partido de la Copa del Mundo. Y la más particular era que un chico guapo estaba tan cerca de mí como yo de él.
Pero de pronto decidí que no iba a hablarle. Ya no estaba para esos juegos. Mi vida amorosa de verdad es un desastre. Todo inicia y termina rápidamente y de una manera muy ordinaria. Nunca me pasan cosas extraordinarias. A la mierda las miraditas desde el convoy, a la mierda el papelito que escribió y del que nunca iba a saber su contenido, a la mierda él y su hermoso físico. A la mierda la luna. Sólo déjenme irme a casa.
Sonaba Save me de Queen.
Llegó el siguiente transporte: un pesero de esos asquerosos conducido por un chofer de malos modales. Me olvidé del chico y de todo lo demás y subí al pesero, el cual, para estar en su base, ya tenía todos los asientos ocupados.
Pensé: “al carajo, me voy en el siguiente. No quiero ir de pie”. Y es que el transcurso desde esa esquina hasta mi casa implica otros veinte minutos. Así que me bajé del pesero y esperé.
Él seguía allí, en la esquina. Me recargué en las rejas del edificio cercano y esperé. Me reconcilié con la luna y de nuevo la aprecié. Me reconcilié con el chico y lo miré nuevamente. Él me observaba como siempre (o como en los últimos 30 minutos).
Y el mundo cambió ante mis ojos y los de él.
⎯Hola ⎯dijo aproximándose a mí.
Su voz era grave y tenía cierto tono de miedo.
⎯Hola ⎯respondí.
Dudó un poco en lo que iba a decir y añadió:
⎯Te quiero dar esto...
⎯Oh, claro ⎯respondí y extendí la mano. Él me entregó el papelito que ocupó en la vagoneta y por primera vez leí su contenido:
55 51 91 31 41
_ _ _ _ _ _ _
H o l a
Además, al texto lo acompañaban unos garabatos aleatorios que seguramente pintó accidentalmente en la vagoneta.
⎯Gracias ⎯le dije y esbocé una sonrisa, mostrando mi dentadura con brackets. Después le pregunté su nombre.
⎯Samuel... ⎯titubeó, como si le diera vergüenza pronunciarlo.
Le dije mi nombre y entonces mostré más interés en él, no sin antes escuchar su excusa:
⎯Perdón, es que me daba mucha pena.
⎯No te preocupes... ¿Vives por aquí?
⎯No, yo vivo más adelante, pero como vi que te ibas a bajar... pues...
⎯Ahhh, está bien ⎯dije mientras sentía fuegos artificiales en mi interior ⎯. Yo vivo en Xochimilco.
⎯Ah, entonces tomas estos... ⎯dijo señalando a los peseros que ahora hacían fila para que los abordaran.
⎯Sí, sólo que estaba esperando uno que tuviera menos gente para irme sentado.
⎯Ah, está bien.
⎯Bueno, yo te escribo, ¿vale? ⎯dije mientras señalaba su papelito y ponía mi mejor sonrisa para brindarle comodidad y evitar que siguiera sintiendo esa pena que se hacía evidente en su rostro y en su sonrisa llena de brackets, igual que la mía.
⎯Sí, es que ya no tengo batería... ⎯dijo señalando su muerto teléfono celular, que también traía en la mano.
⎯No te preocupes. ¿Tienes whats? ⎯pregunté y luego pensé que whats es la forma más naca de llamar a la aplicación WhatsApp. Pero ni modo, lo dije.
⎯Sí.
⎯Vale. Entonces yo te escribo.
⎯Bueno, pues entonces nos vemos.
⎯Está bien, hasta luego.
Y Samuel se alejó, de nuevo para abordar una vagoneta.
Llegó mi pesero y una vez en mi lugar seguí escuchando Save me de Queen:
Sálvame, sálvame, sálvame
no puedo enfrentar esta vida solo
Sálvame, sálvame, sálvame
estoy desnudo y lejos de casa
No paraba de reír, no porque me diera risa que un chico guapo acabara de mostrar interés en mí sino porque burlonamente pensaba en todo lo que había sentido él al planear su malévolo, pero acertado, movimiento. ¡Se había bajado en la misma esquina que yo incluso aunque él no vivía por allí!
Una última lista de cosas llegó:
- “¿Estuvo bien mi primera impresión?”.
- “No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que esto iba a suceder”.
- “Debo guardar este papelito como lo más preciado que tengo”.
Y luego pensé con más precisión: ¿qué habría pasado si Micelí se hubiera ido más tarde o más temprano? ¿Qué habría pasado si yo hubiera tomado el siguiente convoy? ¿Qué habría pasado si me hubiera subido en otro vagón? ¿O si me hubiera ido en el primer pesero que pasó?
Apagué la música y me quedé escuchando el ruido ambiente del pesero. Imaginé al “cuarteto real” cantándome una vez más The miracle. ¿Qué había pasado con mi vida esa noche? ¿Milagro, coincidencia o destino?
Últimamente mi vida ha estado compuesta por protocolos. No voy a negar que he salido mucho de mi casa, y eso se debe a que he recibido demasiado dinero por parte de la UNAM por ser profesor adjunto. Aquel viernes 13 era tan sólo una de tantas salidas que había hecho. Me había dado el lujo, como en otras ocasiones, de pagar la cuenta del lugar en el que Micelí y yo tomamos café.
Pero así como tener dinero significaba salir a divertirme, significaba también hacerme cargo de algunas cosas particulares: comprar comida, pagar transporte, productos de necesidad básica. Esto, al parecer, se le había olvidado a mi padre, quien mantenía mi vida desde siempre. Pensé que había dejado de preocuparse por mis necesidades porque yo ya tenía dinero, pero luego deduje que simplemente estaba enojado por mis recurrentes salidas y llegadas tarde.
Aquella noche no fue la excepción. Antes de llegar con Micelí, recuerdo que le escribí a mi padre un mensaje de texto que más o menos decía lo siguiente:
Voy a salir, pero llegaré temprano. Si llego después de las 11 me pegas o algo. Por favor no mandes mensajes amenazadores ni ofensivos.
Cuando llegué a casa mi celular percibió la señal de Internet y recibí la respuesta de mi padre, la cual ignoré porque tenía un solo objetivo, además de seguir el clásico protocolo que consistía en cerrar bien la puerta, lavarme las manos, orinar, saludar a quien estuviera y, finalmente, avisar por mensaje a mi padre que ya había llegado a casa.
Mi otro objetivo era añadir a Samuel a mi lista de contactos y comenzar a hablar con él, por primera vez, por WhatsApp. (¡Maldición, sigo pensando que decir whats es demasiado corriente!).
Y como era de esperarse, no pasó mucho. La conversación se dio en piquitos. Pensé en las gallinas cuando comen: siempre picotean su recipiente de comida y tardan en tragar. Lo hacen repetidamente, pero tardan mucho (sin mencionar toda la comida que tiran al suelo gracias a sus movimientos bruscos). Así fue la conversación con Samuel. Básicamente también aprendí cinco cosas de él:
- Seguía nervioso por hablar conmigo.
- Estaba cenando a esa hora.
- Al día siguiente tenía clase de inglés por la mañana.
- Le gustaba la música de Queen también.
- Pero prefería el rock alternativo de los últimos ¿quince años?.
Después la conversación terminó y él se fue a dormir. Había sido una emoción tan grande en el transporte público pero una conversación demasiado ligera. Sentí que todo había sido al revés: como si el mar tuviera movimiento corriente y desembocara en un río. No sé si me sentí vacío o completo. Solamente no dejaba de pensar en la maravillosa historia de aquella noche.
Me encargué de contarlo todo a Alejandra, Daniela, Zeltzin y Gerardo; mis mejores amigos hasta ese momento. Todos recibieron mi relato de manera apropiada, pero no pensaron que había pasado algo extraordinario. Ellos saben cómo ha sido mi vida amorosa en los últimos años, y también saben que todo se reduce a una sola frase: “es un chiste, te entretiene pero nunca funciona”.
¿Pero qué pasaría si Samuel y yo formábamos algo? Era la primera vez que conocía a alguien de esa manera. Y aún más especial: era la primera vez que alguien daba el primer paso. Él se había bajado de la vagoneta para hablarme, él había escrito su número para mí. ¿Para qué?
Esa pregunta me envuelve todo el tiempo.
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