Capítulo 2 - Elemento

CAPÍTULO 2

ELEMENTO




Tengo la costumbre de anotar todo lo que hago en la agenda de mi teléfono. Durante esa semana había hecho las siguientes cosas:
  1. Asistir a la presentación de cortometrajes de los alumnos de Georgina Cortés.
  2. Salir a comer con Edson, un conocido de internet, a quien, por cierto, boté ese día porque se me declaró.
  3. Ir a la casa de Gerardo y ver tanto el primer partido del mundial como dos películas que teníamos pendientes.
  4. Tomar café con Micelí.
  5. Comprar el regalo del Día del Padre.
  6. Celebrar el Día del Padre.

Las películas que vi con Gerardo fueron dos: Closer y Nosotros los nobles. La primera, estadounidense-británica, es una de esas producciones que realiza Hollywood en acuerdo con el país europeo porque así lo marca su ley cinematográfica. Por eso no se nos hace extraño ver mancuernas americo-británicas como Julia Roberts y Natalie Portman con Jude Law y Clive Owen. Algo que en México no ocurre. En el caso de Nosotros los nobles, fue Warner Brothers quien distribuyó y presentó la película a todo el mundo. Se volvió la más taquillera de la historia del cine mexicano, pero no sobrepasaba, en costo, ni lo recaudado el primer fin de semana por una película hollywoodense como Transformers o The Hobbit.  
Algo me llamó la atención de Closer: consistía en el cruce de las vidas de cuatro personas en la bella ciudad de Londres. El subtítulo que le pusieron en México –muy acertado, por cierto– fue Llevados por el deseo. Y la película giraba en torno a eso: Julia, Natalie, Jude y Clive tenían encuentros amorosos del tipo adolescente porque no encontraban estabilidad emocional debido a la pasión libidinal.  
Algo aun más interesante había en el trailer de la película: Si crees en el amor a primera vista, nunca dejarás de mirar. Básicamente indicaba que el ser humano es tan perverso que tiende a repetir patrones dejándose llevar por el deseo y olvidando el amor y el compromiso.
Evidentemente pensé en Samuel en ese momento: ¿y si no es la primera vez que hace eso? ¿Qué tal si yo soy uno más en la lista de personas que conoce en el transporte público? ¿Cuántos más han obtenido su número telefónico de esa manera? ¿Le habrán hecho caso, o peor, habrán sido pareja?
No quería pensar que Samuel fuera así, pero uno simplemente tiene que estar prevenido. 
Cuando Gerardo y yo terminamos de ver Closer, analizamos un par de cosas sobre el relato y dedujimos que nuestras vidas amorosas habían sido un tanto similares a las planteadas en la película. No haré mayores comentarios, pero él, por ejemplo, se dejó llevar por el deseo en una fiesta y terminó cortando a su novio, por el cual aún sufre un poco. Yo, por mi parte, tuve una época en la que no encontré estabilidad emocional y me dejaba llevar casi por cualquier cosa que fuera placentera en ese momento. 
Spoiler: Afortunadamente, al final de la película, Alice (interpretada bellamente por Natalie Portman) se va de Londres y se aleja de los problemas que causó junto con los tres niñitos que jugaban al sexo. Así, como Alice, me alejé de todo eso y poco a poco mi vida recobró estabilidad; a tal grado que pude decir, desde hacía unos meses: necesito a alguien porque quiero compartir lo que resta de mi juventud.

Samuel ocupó la mayor parte de mi pensamiento durante el siguiente fin de semana. Al igual que el viernes 13, las conversaciones del sábado 14 y el domingo 15 fueron escasas. Lo único interesante fue que acordamos vernos el martes 17 en Copilco para salir y tomar algo.
Tres meses atrás conocí a un chico llamado Yahir. Entablé una relación frecuente con él porque me parecía interesante su vida: su madre había muerto unos meses antes, vivía con su padre opresor, cuidaba de sus pequeñas hermanas, estudiaba en el Politécnico, etcétera. Pero finalmente, al cabo de un mes de salir, sucedió la ruptura entre él y yo: pronto dejamos de interesarnos el uno por el otro, cada quien con su argumento. Él, por ejemplo, dijo que mi actitud mamona para ciertas cosas no le agradaba. Yo, por el contrario, dije que su actitud indiferente no iba a fomentar nada bueno en nuestra relación. Terminamos como amigos, de esos que nunca más se vuelven a hablar. 
Decir que terminas con alguien como amigos es algo verdaderamente hipócrita porque obviamente no tienes la intención de ser amigo de alguien con quien tenías otras intenciones. 
Cuando Yahir se alejó, entré en el proceso de recapacitación y decidí que ya no buscaría a nadie porque no era sano. Hasta que Samuel llegó.
No conozco bien a Samuel. No puedo emitir un juicio que no sea el de decir “es tan guapo que cualquiera se sentiría feo a su lado”. Pero eso es demasiado exagerado. Y las escasas conversaciones en WhatsApp –acompañadas de pequeñas dosis de notas de voz– no ayudaban mucho a conocernos, por más que lo intentaba. Así que decidí esperar al martes 17 para verlo de nuevo y conocerlo mediante la palabra hablada.
Para un estudiante de Ciencias de la Comunicación la palabra es fácil, es nuestra fuente de trabajo; y lo mismo debería ser para un estudiante de Derecho, como Samuel. Mi único temor era que él fuera como Yahir, es decir, callado totalmente e interesado únicamente en contar su desgraciada vida.

El martes 17 jugó México contra Brasil, el partido más esperado por todo el país. Ese mismo día vería a Samuel, casi a la misma hora que el partido. Me dolió un poco despegarme del televisor al término del primer tiempo, pero Samuel era ligeramente más importante que ese juego, el cual, por cierto, terminé viendo en tres lugares distintos: una taquería, la combi (traía una tele al frente) y una tienda en Metro Universidad. México quedó en ceros con Brasil. Una total decepción, pero un partido muy emocionante, sobre todo por la actuación de Francisco Guillermo Ochoa.
Esperé a Samuel afuera de un mini súper del Metro Copilco. Llegó unos quince minutos tarde, los cuales me sirvieron para hacer varias cosas: acomodarme el cabello, mirarme en el espejo de un automóvil, cambiar la canción de mi iPod, beber un poco de agua y preparar mi mejor expresión para cuando llegara. El único temor que tenía era el de no recordar su cara; por eso, una noche antes me había atrevido a pedirle que me enviara una fotografía de él. Así lo hizo, pero la foto no le favorecía demasiado. 
Cuando llegó, conversamos unos minutos y después nos dirigimos a la cafetería Chamucos, en donde bebimos frappés que él pagó. Durante ese tiempo, me contó un poco de su trabajo, de su vida académica, de su vida personal, de su enfermedad y sus cirugías, de sus amigos, de sus mascotas... 
Después fuimos al jardín del edificio de Rectoría de la UNAM y conversamos todavía más. Su vida era tan interesante como la de todas las personas, sentí que no había nada especial en ese momento. Yo, al menos, tengo la capacidad de encontrar lo bello e interesante en la vida de cada persona que conozco. Con Samuel no era la excepción: encontraba su vida verdaderamente interesante, sobre todo porque compartíamos algunas cosas en común, sólo que con ciertas y obvias diferencias en cada historia. 
Por ejemplo, que sus padres están separados, igual que los míos; o que tiene más amigas que amigos, como yo. 
Cuando sentí un poco de hambre, nos dirigimos al restaurante Los Tres Poblanos, en Copilco. Ese restaurante tiene historia conmigo. Durante varios semestres, mi ahora disperso grupo de amigos y yo íbamos a comer después de clases o antes de la tradicional borrachera. Si no era en Los Tres Poblanos era en El Rey, que está en Metro Universidad. 
Me causaba nostalgia volver a entrar al de Copilco, pero resistí y entonces Samuel y yo de pronto ya estábamos comiendo y mirando la repetición del partido entre México y Brasil, que había sucedido unas horas antes.
⎯Mi amigo me dijo que fuéramos a la marcha gay ⎯dijo Samuel durante la comida.
La marcha gay, o más bien el carnaval anual gay, es un evento que se convierte en un festejo para que la sociedad de la ciudad vea la ridiculez que implica ser homosexual afeminado, travesti o transexual y no tener miedo de que te ofendan. Es una congregación de dos polos: uno, el desfile; dos, los mirones y los closeteros.
⎯Un chico me intentó ligar y hasta me besó en una ocasión... ⎯me contaba Samuel. Resulta que anteriormente había ido a la marcha gay con una de sus amigas y había conseguido ligar (cómo no, con esa cara tan linda).
⎯Yo también he ido ⎯continué luego de que él terminó su relato⎯. Fui con un ex novio de hace mucho; pero nada funcionó. Resultó que él estaba más interesado en buscar a un amigo (del que después supe que estaba enamorado) que en estar conmigo.
Samuel me escuchaba atentamente, y después de mi anécdota, hablamos un poco sobre un tema que casi todas las personas que se gustan y se acaban de conocer tienen prohibido: los ex novios. 
Me dio un primer esbozo de su relación con un chico que estudia (o estudiaba) Psicología en la UNAM. Me contó que su relación había sido muy posesiva y conflictiva al final. En total él ha tenido dos novios oficiales. Yo, en total, he tenido seis. El tiempo que duraron todas mis relaciones hacen un año, lo cual indica mi inestabilidad al tener una pareja. Además, inicié mi vida amorosa cuando tenía 15 años y a partir de entonces tuve novios que no duraron más de uno o dos meses. 
Joel fue el último. Con Joel duré, extrañamente, seis meses en una relación demasiado apresurada. Puedo afirmar que nunca me he enamorado por el simple hecho de durar tan poco. Joel, sin embargo, sí se enamoró de mí y hasta hacía medio año seguía insistiendo con que volviéramos. Mis intereses no me lo permitieron, a pesar de que él tuvo un cambio notable de actitudes hacia mí. Perdió su oportunidad, pensé.

Cuando terminó la comida en Los Tres Poblanos prácticamente terminó la cita. Era obvio: una cita en martes siempre es aburrida. Los días más excitantes siempre son viernes o sábados; por algo en el viernes 13 me había pasado algo extraordinario. 
Durante el camino de vuelta a Metro Universidad, pasamos por las clínicas odontológicas de la UNAM, a las cuales Samuel va para tratar su ortodoncia. Sé que en ese lugar los precios son realmente bajos. Si supiera que en mi caso se pagan 500 pesos cada mes... 
⎯¿Te gustaría tener hijos? ⎯me preguntó mientras caminábamos. Esa pregunta formaba parte de un chismógrafo recíproco que yo había iniciado la noche anterior.
⎯No... Bueno, sí... pero no ahora ⎯respondí. Mis expectativas con respecto a mi vida futura se reducen a ser alguien sin hijos porque no me tendré tiempo para ellos, a pesar de que me gusten los niños.
Después de un rato, Samuel argumentó que sí le gustaría tener hijos:
⎯Sí me gustaría, pero con una pareja... Imagina que tú y yo estamos juntos y decidimos tener hijos...
No supe qué responder.
Después hicimos algunos planes tontos que no sabemos si cumpliremos: ir a Guanajuato, ya sea al Festival Cervantino o al Festival Internacional de Cine; ir a Tequesquitengo e incluso lanzarnos del paracaídas allí mismo, justo como él lo había hecho.
Ojalá algún día se cumplan. Aunque como van las cosas, parece que no.
⎯¿Te das cuenta? Son los mismos caminos que recorrimos el viernes que nos conocimos ⎯le dije mientras recorríamos la estación de Metro Universidad con dirección a la vagoneta⎯. Pero ahora estamos juntos. Esto es mágico.
Abordar una de las vagonetas que unos días antes él y yo habíamos abordado al mismo tiempo me causaba una sensación extraña. Él ya no era un extraño para mí, y curiosamente me sentía seguro a su lado. 
La vagoneta siempre pasa por una avenida que más bien tiene cara de carretera. Justo en ese momento, Samuel habló:
⎯Siempre que paso por aquí me pongo a pensar en una canción. ¿Tienes audífonos?
⎯Sí ⎯le dije y saqué los enredados audífonos de mi iPod de su mochila. Él amablemente había aceptado guardar tanto mi iPod como mis audífonos y mis llaves en su amplia mochila porque mis bolsillos resultaban demasiado pequeños.
Cuando le di los audífonos, él los conectó en su teléfono y me puso una canción. 
⎯Se llama Elemento ⎯dijo ⎯, y la canta Enjambre.
Enjambre es una banda de rock fresa que surgió en México o Estados Unidos, quién sabe. Mis conocimientos sobre esa banda hasta ese momento eran nulos. Sin embargo, me coloqué los audífonos y escuché con atención la letra:

Se me parte el alma cada madrugada
cuando a la carretera tengo que acudir,
te imagino levantándote por la mañana
sin mí, pensando ¿valdrá la pena seguir?

Yo me alejo pero no te dejo de pensar
Intento, con cantar, poderte alcanzar
Mi elemento vital.

Llego a lugares que me ofrendan alegres momentos,
tales buscan que me olvide de mi elemento,
mismos que rechazo porque no me dan
lo que contigo ya tengo.

Yo me alejo pero no te dejo de pensar
Intento, con cantar, poderte acariciar.
No te puedo tocar, me voy a asfixiar
sin mi elemento vital.

La canción me pareció fascinante. Era una canción de amor y su ritmo me provocaba algo en el interior, no sé bien qué. 
Cuando la cita terminó y ambos nos separamos, me dediqué a buscar la canción en Spotify. No sé por qué, pero de inmediato sentí una extraña conexión con él por medio de la canción. Su letra me parecía tan precisa: alguien le indicaba al amor de su vida que seguía pensando en él aun cuando estaba lejos. Pensé que eso determinaría las bases de mi relación con Samuel: él yendo a trabajar o estudiar todo el tiempo y yo, desde lejos, extrañándolo y pensando en él, como tal vez él haría conmigo.
Dios sabrá.



















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