Capítulo 4 - En crisis
Llamé “salida exprés” a una ocasión en que Samuel y yo nos vimos. Era sábado y él, como todos los sábados, fue a clase de inglés. Ese día mi padre había decidido que pintaríamos la sala para ingresar los muebles de segunda mano que una tía nos cedió antes de mudarse. Mi disposición para ver a Samuel estaba al cien por ciento hasta que llegó mi padre y técnicamente se opuso a que yo saliera de la casa con el pretexto de que ya le había prometido mi ayuda.
Tuve que mentir. Le dije que sólo iría a Galerías Coapa a ver a un alumno que necesitaba un libro para estudiar y pasar su examen extraordinario. Me aseguré de agarrar 1001 años de la lengua española de Antonio Alatorre de mi librero y convencí a mi padre de que se trataba de eso en realidad. Le dije que sólo me tardaría una hora.
Durante esa hora, Samuel y yo paseamos por la Alameda del Sur de Coyoacán. Compramos papas fritas y un raspado y conversamos. Le pedí que se quedara con el libro de Alatorre para pretender que sí se lo había prestado a un alumno y concretar mi mentira en casa. Él lo aceptó y casi por inercia me prestó dos libros que casualmente traía en su mochila: uno, Yo, Jack el destripador; y dos, Yo, el Marqués de Sade. Ambos de J.L. Ramos, un periodista mexicano que se dedicó a escribir esa serie de libros tal vez como último intento de no desperdiciar su carrera.
De regreso a casa comencé a leer el de Jack el Destripador. Encontré algunas inconsistencias en el relato, sin mencionar los errores tipográficos y la omisión de acentos que los editores cometieron. Después, cuando llegué a casa, puse los libros sobre el buró y desde entonces permanecen allí.
No es que no me interese leerlos, de hecho, yo leo casi cualquier cosa de ficción y no está de más saber un poco sobre la vida de dos personajes de la cultura popular (no importa si lo que esté en esos libros sea verdad o no); el verdadero problema es que esos libros me recuerdan totalmente a Samuel y en estos momentos no tengo la intención de pensar en él porque me causa estrés.
No es un estrés como el de fin de semestre, es más bien una impotencia que a la vez causa un entrañable capricho de, todo el tiempo, querer estar con él o de saber de su vida. Y no lo quiero presionar. Él tiene su vida y yo la mía. Y para acabarla, todavía no se ha formado una vida de ambos. No tenemos nada para compartir con los demás. No tenemos historia... y a veces pienso que tampoco tenemos química.
···
En una madrugada de lunes, Samuel y yo por primera vez nos desvelamos en una larga sesión de FaceTime. Todo comenzó con el relato de mi salida del clóset ante mi familia. Él escuchaba con atención y después la conversación se volvió más intensa porque hablamos de la siguiente lista de cosas:
- Su orientación sexual.
- Su percepción del amor y las relaciones.
- Sus expectativas con respecto a mí.
Resultó ser bisexual. Él sostiene que haber tenido relaciones sexuales con una mujer (su ex novia de hace un par de años) lo mantiene como bisexual. Sin embargo, dice que prefiere a los hombres porque con ellos ha tenido mejores experiencias en todos los sentidos, incluso el sexo. Una vez me comentó que casi siempre tuvo el rol de pasivo en sus relaciones íntimas. Mi querido Samuel debería aprender que los bisexuales pasivos no existen. O eres demasiado gay o eres demasiado heterosexual. No hay de otra.
⎯Una vez un profesor que odio mucho nos hizo presentarnos ante el grupo ⎯me dijo a través de su iPad en FaceTime⎯, y entonces a todos nos estaba preguntando si teníamos pareja, y yo le dije que no porque no tenía tiempo. Le dije “no creo que alguien me aguante el ritmo de vida que llevo”.
⎯Jajajajaja...
Y es que es verdad. En menos de un mes que llevo de conocerlo, seguirle el ritmo ha sido complicado pero no fulminante. No he entregado todo y él no ha entregado mucho tampoco. Realmente, lo único que ambos hemos perdido es dinero, lo cual no significa malgastarlo. Los momentos con él son agradables hasta cierto punto.
En otras palabras, Samuel me dijo: “si quieres estar conmigo, adelante; si no, no importa porque tengo una vida que atender”. Es cruel pero es cierto. Su vida gira en torno a su trabajo, sus amigos y su familia. Yo soy tan sólo una pequeña parte de su tiempo.
⎯Yo no sé cuáles sean tus expectativas conmigo a corto, mediano o largo plazo ⎯dije unos minutos después⎯, pero estoy seguro de que por lo menos yo haré que te sientas bien y respetaré tu vida.
Samuel asumió eso como una pregunta indirecta e hizo un intento de contestarla. Dijo que prefería que las cosas simplemente sucedieran y que “por algo” ha pasado lo que ha pasado hasta el momento conmigo.
⎯Cuando te encontré el miércoles en la fila de la combi ⎯me dijo al poco rato⎯, me puse celoso...
¿Celoso de qué?, me pregunté. Después, Samuel explicó que había sentido una pequeña ráfaga de celos al saber que yo había ido a la Cineteca con alguien.
⎯Pensé “a lo mejor lo besó, a lo mejor tienen algo” ⎯dijo⎯, pero entonces me di cuenta de que no había motivos para estar así. Eres libre de hacer lo que quieras con quien quieras.
Le expliqué que nada de eso había pasado y que se me hacía un gesto muy sincero que me dijera esas cosas. Después le revelé que yo había sentido lo mismo apenas unas semanas atrás, justamente cuando se fue con sus amigos a una fiesta de toda la noche en Milpa Alta, el mismo día en que me dio los dos libros. Reímos al saber que ambos habíamos sentido celos injustificados. Ojalá así sea siempre.
···
Después de la salida del cuatro de julio, acordamos que nos veríamos dos días de la semana siguiente: uno, para ir con él a una audiencia; y dos, para vernos normalmente.
Surgió la idea de la audiencia en una cafetería, el mismo día en que nos vimos después del homenaje nacional a José Emilio Pacheco. La plática por primera vez la ocupó él casi en su totalidad. Me contó lo que hace en su trabajo y los sueños y expectativas que tiene con su licenciatura en Derecho. Fue una conversación amena, aunque llena de tecnicismos y términos propios de la jerga de las leyes. Al final quedamos de acuerdo con que un día lo acompañaría a una audiencia, sólo para ver cómo se manejan esos ritos legales en México y tener algo sobre qué escribir después.
Sin embargo, durante los días previos a esa reunión, tuve un momento de crisis emocional que no quise exteriorizar a nadie, salvo a Gerardo.
Mi rutina en esos días básicamente se redujo a ir al gimnasio, bañarme, dormir, comer, dormir más, lavar ropa y ver televisión o películas. Después decidí que debería tener mis días ocupados en otras cosas para no pensar en la ausencia de Samuel.
El domingo fui con Gerardo a pasear por las plazas cercanas a nuestras casas y compré un poco de ropa. Al día siguiente también lo vi, nuevamente en su casa, y vimos dos películas: Babel, de Alejandro González Iñárritu; y Hoy quiero volver solito, de Daniel Ribeiro.
Con Samuel había acordado previamente que sería el miércoles el día de la audiencia; sin embargo, el lunes por la noche pospuso la reunión para el jueves diez de julio. Fue un movimiento de fortuna porque Gustavo y yo nuevamente iríamos al cine, ésta vez a ver la segunda parte de Ninfomanía de Lars von Trier.
La semana estaba planeada, salvo el martes, que lo dediqué únicamente a ir al gimnasio, lavar ropa y descansar. El martes tuve la peor noche en toda mi historia con Samuel (que ha sido muy corta, obviamente). Sentí una crisis emocional por varias razones que anoto a continuación:
- Alejandra, mi mejor amiga, estaba deprimida y por lo tanto enferma.
- Zeltzin, mi otra mejor amiga, también estaba triste.
- Gerardo estaba ocupado viendo interminables películas.
- Samuel hacía caso nulo de mi existencia.
Seré sincero conmigo: no tengo motivos para enojarme con Samuel por el hecho de no hacerme caso. Solamente no me gustó la forma en que se dieron las cosas esa noche.
⎯Estoy un poco chipil... ⎯le dije por WhatsApp.
⎯¿Chipil de nuevo?
⎯Sí, nomás... ⎯respondí, pensando en que no le interesaba mi estado de chipilez⎯, además me duele el pecho, sin querer dormí boca abajo y cuando desperté me empezó a doler.
Esa tarde había dormido como dos horas. Después le dije que no se preocupara porque el dolor pasaría muy pronto. La conversación finalizó a las 22:07 con un emoticono que envié. Después se me hizo raro que él no respondiera, así que, a las 22:46, volví a escribir:
⎯¿Qué haces?
⎯Platicando por WhatsApp, ¿y tú? ⎯respondió cinco minutos después⎯. Ah, y oyendo la música de mi hermano.
⎯Mmm... qué bien ⎯respondí, cinco minutos después⎯. Sam, ya me voy a dormir, que tengas lindos sueños, te envío un abrazo.
Sin respuesta.
Decidí olvidarme de mi teléfono y me metí a las sábanas, tratando de no pensar en la inmensa soledad en la que me veía envuelto. Nadie, absolutamente nadie hablaba conmigo. Y yo no quería hablar con nadie que no fuera Samuel. No pude concebir el sueño a una hora tan temprana. Así que me levanté de la cama y bajé al comedor de mi casa. Llevé mi iPad y puse el concierto de Queen en el Live Aid de 1985, que dura 25 minutos. Lo vi y después me puse a tocar en piano varias canciones, tales como When I was your man de Bruno Mars, You and I de Lady Gaga, Bohemian Rhapsody y Somebody to love de Queen, y finalmente, casi por inercia, toqué Elemento de Enjambre.
No podía dejar de pensar en él. Mi sesión con Queen y el piano no había funcionado del todo. Me olvidé por completo de eso y decidí regresar a mi habitación, con la única intención de ver si tenía respuesta de él.
⎯Bueno, descansa ⎯respondió media hora después⎯, estaba platicando con mi hermana por teléfono. Descansa y platicamos mañana.
Su mensaje estaba acompañado de varios emoticonos de tristeza, como si le doliera mi ausencia o sintiera que no podía conmigo.
Veinte minutos después respondí:
⎯Samuel, no puedo dormir. Me quedé viendo un concierto de Queen y luego bajé a tocar piano.
Después olvidé el teléfono y me puse a ver vídeos de Gentle Whispering en YouTube, con la intención de relajarme y poder conciliar el sueño. Ya pasaban de la medianoche. No lo logré, así que me puse a jugar Grand Theft Auto San Andreas en mi iPad con las mismas intenciones. No me podía concentrar, pensaba demasiado en él y en la forma en que me ignoraba. Quizá estaba siendo exagerado, porque en realidad no tenía tiempo de conversar conmigo. Era un infortunio que en ese momento, justo en el que más lo necesitaba, él no estuviera disponible para mí.
Ni siquiera pude lograr que CJ, el personaje de GTA San Andreas, lograra una misión. Únicamente lo hice andar por las calles siendo taxista.
Después me llegó otro mensaje, respuesta al anterior que demoró diez minutos:
⎯Yo ando platicando con mi mamá sobre lo de mi hermana.
Y luego una nota de voz que decía: “¿sigues tocando piano?, ¿ya casi duermes?”.
Seré sincero una vez más: no leí los mensajes. Ignoré por completo todo lo que tuviera que ver con él y me dediqué a mí. Seguí jugando GTA San Andreas y luego escuché música. Cuando activé la conectividad Wi-Fi de mi iPad, me llegó un mensaje que decía “sólo te llamaba para desearte buenas noches”, lo cual me hizo pensar que, durante mi juego, una llamada de FaceTime de él había intentado entrar. Fue una lástima. Samuel llegó demasiado tarde. Yo ya no estaba disponible para él cuando él por fin lo estaba para mí.
···
Fue una noche dura, pero descansé mucho. Al día siguiente me levanté temprano a desayunar y después me fui al gimnasio. Decidí leer todos los mensajes pendientes de Samuel y responder de manera amena. El ejercicio había servido para que me reconciliara con él después de la crisis emocional de la noche anterior.
Ese mismo día vi a Gustavo y vimos Ninfomanía Vol. II. Fue un final muy preciso. El personaje principal, Joe, había encontrado a su unidad de opuestos perfecta en Seligman. El final es sorprendente, pero sigue perfectamente los parámetros de la construcción dramática. La premisa de Lars von Trier es, además, que el sexo es algo natural en los seres humanos y que el amor siempre puede más que otro poder en el mundo.
Cuando le conté a Samuel que había ido al cine a ver Ninfomanía, me puso la peor respuesta de todas:
⎯Yo quería ver esa contigo...
Le respondí que era un tonto y que me chocaba porque decía cosas sobre las cuales yo me sentía mal, como esto último. Finalmente dijo que había sido una broma. Al poco rato quedamos de acuerdo para el día siguiente, que sería cuando lo acompañaría a la audiencia. La crisis desapareció a medida en que la conversación se fue dando. Sigo sin encontrar la cura para esas crisis que resultan tan incómodas.
Comentarios