Capítulo 5 - Proceso
Creo que ninguno de mis conocidos sintió tanto la muerte de José Emilio Pacheco como yo. Ese día, 26 de enero de 2014, yo había ido a comprar una libreta y un bolígrafo para la semana siguiente, la cual marcaría el inicio de un semestre nuevo en la universidad. Un día antes había corrido la noticia de que el escritor había sido internado en un hospital de la ciudad; y cuando el 26 llegué a casa, después de comprar la libreta, lo primero que sucedió fue recibir un mensaje de Alejandra que decía:
Lamento lo de JEP :(
En ese momento pensé “no lo puedo creer, esto es una maldita broma”. Después abrí Twitter y todo mundo hablaba del tema. Enrique Peña Nieto, Miguel Ángel Mancera, López Obrador, Conaculta y otros famosos lanzaban tuits con sus condolencias. Asimismo, todos los periódicos y agencias de noticias informaban lo poco que se sabía hasta ese momento. José Emilio había fallecido.
Al día siguiente hubo algunos amigos que de igual forma me ofrecieron condolencias como si yo fuera un íntimo amigo de Pacheco. Y es que prácticamente fue así. Durante mucho tiempo me dediqué a leer su prosa, principalmente. Cuando entramos a la especialidad en Producción Audiovisual, las ideas de nuevos productos entre mi equipo de trabajo casi siempre venían de mí, y en repetidas ocasiones yo sugería que se hiciera alguna adaptación de los textos de José Emilio.
Y así sucedió. Lo primero que hicimos fue adaptar el cuento Tenga para que se entretenga en un falso documental. Después adaptamos a video Aqueronte. Luego grabamos en sonido El viento distante; y finalmente adaptamos El principio del placer en un cortometraje.
El mismo día, en la Facultad, un colega me ofreció llevarme en automóvil hasta El Colegio Nacional, en donde tendría lugar el funeral. Cuando llegamos había pocas personas. Cristina Pacheco, la esposa del difunto, estaba a punto de marcharse, tenía cara de no haber dormido en las últimas dos noches. También vislumbré a Roy Meza, mi profesor de la Facultad, y a algunos actores y escritores.
Como acto solemne hice guardia al lado del féretro de José Emilio. Era tan lamentable, por primera vez estábamos frente a frente, sólo que él ya no podía verme.
Luego me quedé postrado en el umbral de la primera entrada del salón de actos. Únicamente observaba cómo las demás personas hacían guardia a su féretro. Detesté a un chico de unos dieciocho años que traía en las manos un ejemplar de Los elementos de la noche y que había leído un poema cuando pasó a hacer guardia. Además, algunos reporteros terminaron entrevistándolo, como si él fuera el admirador número uno.
Laura Emilia Pacheco, la hija del escritor, era el único miembro de familia que reconocía en ese momento. Cuando me vio de pie, se acercó a mí y me dijo:
⎯¿Eres su lector?
Dudando si se dirigía a mí, respondí:
⎯Sí, desde hace mucho...
⎯Soy Laura Emilia, mucho gusto ⎯dijo y me extendió un saludo.
⎯Sí, ya la conozco... ⎯reí estúpidamente.
⎯Ah, pues pásale, ya vi que hiciste guardia hace rato.
⎯Sí, pero prefiero desde aquí.
⎯Bueno... ⎯respondió ⎯, a mi papá siempre le gustó que sus lectores estuvieran cerca de él.
⎯Y a mí siempre me gustó saber de él... ⎯dije, casi tartamudeando ⎯. Él era... es mi escritor favorito.
⎯¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu libro favorito?
⎯Creo que todos. Aunque me gusta mucho El principio del placer.
⎯Ese también me gusta mucho a mí.
⎯¿Sí? Es que es un gran texto. Me sirvió como inspiración para volverme escritor...
⎯¿En serio quieres ser escritor?
⎯Pues me llama la atención.
⎯Bueno, es una profesión que requiere un gran compromiso con los lectores y con el país. Es una gran responsabilidad.
⎯Lo sé... ⎯concluí sin poder decir nada más. Hubo un silencio incómodo ⎯. Es una lástima que lo más cerca que he estado de él haya sido allá arriba, junto a su ataúd. Tuve varias oportunidades de verlo en persona, pero por desidia o por falta de tiempo nunca lo hice. Ahora me arrepiento tanto...
Las lágrimas casi brotaron de mis ojos.
⎯Bueno, a veces la vida nos da estas lecciones de las cuales tenemos que aprender... ⎯concluyó Laura Emilia y me abrazó.
⎯Ofrezco mis condolencias a usted y a la familia ⎯dije ⎯, de verdad lo lamento mucho y me duele.
Laura Emilia regresó con sus otros conocidos y yo me quedé allí, mirando y después recorriendo el antiquísimo edificio de El Colegio Nacional.
Pasaron los meses y el 30 de junio de 2014, justamente el día en que José Emilio Pacheco cumpliría 75 años de edad, le hicieron el homenaje en la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la UNAM. Pensé mucho en el amor tanto pasional como intelectual que José Emilio y Cristina habían tenido en su juventud.
Una semana después de la muerte, Cristina publicó en La Jornada su clásica columna Mar de historias; pero en esa ocasión la dedicó al dolor que sentía por haber perdido físicamente al hombre de su vida:
[...]
Ya casi llené el cuadernito de Almudena. Le pondré la fecha de hoy: 26 de enero. Mañana escribiré en la primera libreta de las muchas que tendré que llenar contándote mi vida hasta el día en que vuelvas. Ya sé que esta vez no será pronto. En cierta forma es mejor: me darás tiempo de cumplir con todos tus encargos, entre ellos encontrar la pluma negra con la que tenías mejor letra. Esto me recuerda otro de mis pendientes: descifrar lo que escribiste en hojas sueltas las noches anteriores a tu viaje.
[...]
Pensé en el dolor que se sentiría al perder a una pareja. Debe ser uno de los dolores más grandes de la vida. Sería casi tan doloroso como perder a un hijo o a un padre. Y lo sería aun más si compartieran tantas cosas durante mucho tiempo.
No sé por qué, pero llegué a pensar en qué pasaría si Samuel y yo fuéramos pareja por mucho tiempo y de pronto uno de los dos desapareciera de la faz de la Tierra.
El consuelo que todos te ofrecen cuando piensas esas cosas es el de tratar de hacer feliz a esa persona con cada día que pasa, comprenderla y apoyarla en todo lo posible. Casi como los votos matrimoniales: en la salud y en la enfermedad, en la adversidad y en la prosperidad, en la riqueza y en la pobreza... Hasta que la muerte los separe.
Poco a poco sentí que era necesario encariñarme de Samuel porque él es, hasta este momento, el único referente de cariño que tengo. A él prácticamente podría decirle que lo quiero sin sentir vergüenza. O a él podría confiarle cosas que sólo yo sé. Pero es demasiado pronto para que suceda.
Sería maravilloso si fuéramos una pareja como Cristina y José Emilio Pacheco. Siempre apoyándose. Algo así sentí el 10 de julio, el día de la audiencia.
Como casi todo lo que ocurre con Samuel, la audiencia también fue exprés. Duró apenas diez minutos porque los abogados que se enfrentaban al juicio habían llegado a un convenio. El cliente de uno le pagaría al cliente del otro, para terminar todos felices. El juez tardó más en llegar que en aprobar el convenio y en levantar la sesión.
Después, Samuel y yo anduvimos por varias calles del centro de la ciudad, de edificio en edificio, de tribunal a juzgados y viceversa. Yo era un simple acompañante que iba vestido de una manera muy poco habitual. Por primera vez veía su trabajo. Comprendí que no era tan complicado, pero sí muy esquemático y laborioso ⎯sin mencionar agotador. Me llamaron en tres ocasiones licenciado, como si yo fuera un abogado más entre ellos.
Al principio de nuestra cita, Samuel hizo algo verdaderamente lindo por mí. Me entregó un ejemplar de la revista Proceso dedicado a José Emilio Pacheco que había salido en febrero de 2014.
⎯Es que en el despacho están suscritos a Proceso ⎯me dijo⎯, y cuando la vi pensé en ti y te la traje. Pero tenemos que devolverla.
⎯Muchas gracias, Sam.
Por lo tanto, tuve algo en qué ocuparme que no fuera mi teléfono mientras él estaba ocupado haciendo sus cosas. Leí el ejemplar de Proceso únicamente en las secciones dedicadas a Pacheco.
Sin embargo, el cansancio acumulado y la obligación de levantarme a las 6:30 ese día cobraron venganza. Dormitaba o bostezaba cada que lograba ocupar un asiento. De vez en cuando esperaba que Samuel llegara a despertarme con algún gesto cariñoso o con un café, que son casi lo mismo. Finalmente me di cuenta de que estaba pensando muy en grande, pues eso no pasaría.
Cuando visitamos el último edificio, cerca de Paseo de la Reforma, fuimos a comer a una cocina económica que de económica no tenía nada y de cocina le faltaba mucho. Antes de llegar, tomamos el metro y en el vagón iba sentada una vagabunda llena de mugre que despedía un olor verdaderamente fétido. Yo, debido a mi cansancio, me senté en el lugar junto a ella, procurando no tocarla. Samuel iba junto a mí, percibiendo el olor y haciendo muecas. El martirio no duró mucho.
Después de la comida, regresamos al edificio cerca de Reforma y lo esperé un rato más. El cansancio me ganó y dormí no más de cinco minutos. Qué vergüenza que Samuel o los demás licenciados me vieran dormir allí, con una revista en las manos.
Unos minutos después, salió Samuel muy deprisa sin decir nada más que “¡vámonos!”. Yo lo seguí primero con la mirada, noté su expresión de descontento. Luego me levanté y fui tras él. Me explicó que había tenido una discusión con el hombre que entregaba los expedientes en la oficina de archivos y que incluso había arrojado algunas palabras altisonantes.
⎯¿No me escuchaste?
⎯No, no lo noté, lo siento... ⎯me excusé sin revelarle que me había quedado dormido.
Finalmente le dije que se calmara. Le di unas palmaditas en el hombro porque era lo único para lo que me sentía con derecho. Un abrazo o un beso habría estado mejor, pero él no lo habría recibido de buena manera, mucho menos en esos lugares.
El día laboral terminó y los dos partimos al sur de la ciudad. Seguimos los patrones ya conocidos: primero el metro y luego la vagoneta. Durante el trayecto en ésta, me tocó hablar de mi vida. Hablé de cuando trabajé en Yahoo! México y de cómo desperdicié el dinero que me pagaban.
Le pedí que me permitiera acompañarlo a su casa y, aunque se negó en un primer momento, insistí. Cuando llegamos a la papelería El estudio caminamos hacia su edificio. Era el edificio 13, departamento 203. Me lo había aprendido desde el primer momento en que lo acompañé hasta allá, sobre todo porque ambas cifras tenían su número favorito: el tres.
Decidí acompañarlo hasta la entrada del edificio, pero él me obligó a caminar más adentro y peor: a entrar a su departamento.
Me había advertido que su madre estaba en la casa, y eso yo lo consideré como un hecho peligroso. No porque la señora me diera miedo, sino por la expresión que pondría al verme y al saber que Samuel había llevado a un completo extraño a la casa.
No obstante, la señora madre de Samuel se portó de manera amable conmigo. Me invitó a pasar y me ofreció su casa como toda persona que tiene educación. Luego nos dejó solos, y Samuel y yo estuvimos en su habitación, la cual era incluso más pequeña que la mía. Tuvimos una conversación sobre algunos vecinos y platicamos la historia de algunos elementos que tenía: el iPod, la loción, el calendario.
Cuando su mamá me ofreció un vaso de agua, tomé una servilleta y anoté el siguiente mensaje:
No se ve tan mala tu mamá, pero me sigue dando miedo.
Samuel rió con el mensaje y al poco rato tuvimos que irnos. Quise bromear llamando a su mamá “suegra”, sin embargo era demasiado apresurado. Nos fuimos al mismo tiempo en que su mamá se iba a clase de danza.
⎯Perdón por habernos ido así de rápido ⎯me explicó Samuel al ras de la avenida, frente a El estudio, una vez que su mamá se hubo ido ⎯. Sólo no quería que mi mamá viera que me quedaba con alguien en la casa para que después pensara mal de mí.
⎯No te preocupes, entiendo perfectamente ⎯le dije sin revelarle mi oscura intención de besarlo en su habitación.
Al final nos despedimos y tomé la vagoneta camino a casa. Acordamos que hablaríamos por la noche para saber qué haríamos al día siguiente.
No hubo muestras de cariño.
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