Capítulo 6 - Venezia
Ya es casi una costumbre que Samuel y yo hablemos por FaceTime por la noche. Esto tiene una ventaja y una desventaja. La primera es que puedo hablar con él de lo que sea teniendo su completa atención (cosa que no ocurre si es WhatsApp); y la segunda es que lo hacemos en la noche, antes de que él duerma y cuando ya tiene el cansancio más acumulado.
El 10 de julio no fue la excepción. Hablamos por una hora aproximadamente y decidíamos en dónde nos veríamos al día siguiente.
⎯Si quieres te veo directamente en el cine... ⎯me dijo.
⎯¿Y quién te dijo que quiero ir al cine? ⎯pregunté sintiéndome levemente ofendido ⎯. No quiero caer en la monotonía de salir al cine cada que nos vemos.
Con Samuel he salido más veces al cine que con cualquier otra persona en este mes. Pueblo chico, pistola grande, Trascender y Paraíso son las películas que he visto con él en menos de un mes; sin mencionar Ninfomanía 1 y 2 ni las que he visto con Gerardo. Así que decidimos planear otras cosas. El cine me había aburrido un poco.
⎯Supe que hay una cafetería temática de Harry Potter en el centro de Tlalpan ⎯sugerí antes de que Samuel durmiera.
⎯Mmm... el centro de Tlalpan ⎯explicó ⎯, ese lugar tiene... historia, pero no vale la pena.
⎯No, cuéntame.
Me dijo que su ex novio vivía cerca de allí y que técnicamente había estado yendo para esos rumbos durante algún tiempo en el pasado. Me explicó que ya estaba superado y que no habría preocupación por ir al día siguiente; sin embargo, mis ganas desaparecieron. No me iba a arriesgar a que él recordara a alguien más a quien sí amó estando conmigo, a quien no ama.
Realmente no hubo mucha opción. Mencioné también el bosque de Tlalpan, pero resultó que en ese lugar había iniciado su relación con su ex novio. Le platiqué que mi hermana también había tenido una historia similar en ese lugar, pero no manifesté mi deseo de que a mí también me sucediera algo bonito allí.
Aunque me moría de ganas de visitar algunos lugares que no mencioné, sabía que él estaría cansado por el trabajo, sobre todo porque era día laboral. Así que finalmente quedamos en ir a un billar.
Mi numerología indica que el 11 es mi número de la suerte, así que decidí dejarme llevar por tal impresión, sobre todo porque ese viernes sería 11 y normalmente el pronóstico astrológico indica que todo estará a mi favor. Ojalá hubiera tenido razón.
El viernes 11 nos vimos en el paradero del Estadio Azteca, un lugar muy inusual para una reunión de pareja. Llegué con mucha anticipación y me sirvió para pasar al supermercado a comprar una bebida para mí y un chocolate para él. De pronto recibí una llamada:
⎯Apenas salí del trabajo, así que llegaré un poco tarde ⎯dijo Samuel por teléfono.
⎯¿Cuánto tiempo?
⎯Veinte minutos.
⎯Está bien, te espero.
De cierto modo me molesté por tener que esperar todavía más, sin embargo no objeté y entonces preferí irme caminando desde el supermercado hasta el paradero del estadio para perder el tiempo.
Cuando finalmente llegó, dijo que tenía hambre y que quería comer algo en la zona popular de comida del paradero. Era una especie de plaza con varias cocinas económicas alrededor, casi como un mercado. El lugar en el que Samuel decidió comer parecía limpio, y por eso pidió unas enchiladas que tardaron mucho en llegar. La espera se volvió más fastidiosa debido al ruido que hacía un pordiosero con una instrumento para tocar cumbia.
Samuel parecía nervioso y fastidiado.
⎯¿Quieres que te vaya a comprar una bebida? ⎯le ofrecí.
⎯No, por ahora no ⎯respondió con severidad⎯, ¿estás seguro de que no quieres comer nada?
⎯Estoy seguro ⎯concluí⎯. Mejor me compro un par de plátanos en aquel puesto.
Al fondo había un puesto de frutas y verduras.
Las enchiladas fueron devoradas y después emprendimos el camino hacia el billar, que estaría cerca de su ex preparatoria. Al llegar nos dimos cuenta de que el billar ya no existía, así que decidimos caminar hasta uno que está en Cafetales, cerca de su casa.
Caminar al lado de Samuel es una de las cosas que más me gusta hacer. Uno puede platicar libremente de muchas cosas y sin temor a ser escuchado totalmente por los transeúntes o los vecinos. Todo se pone mejor si las calles son tranquilas o si está nublado.
Aquella ocasión no fue la excepción. Mientras caminábamos al billar cercano a su casa, Samuel y yo platicábamos de algunas cosas estúpidas y sin sentido. Incluso, propusimos un juego que consistía en decir una palabra y luego cantar una canción que contuviera esa palabra. Nadie ganó al final.
⎯Oye Sam ⎯le dije, con tono misterioso⎯, tengo que decirte algo importante.
⎯Claro, dime ⎯se mostró interesado.
⎯No, mejor no... No es el momento.
En realidad no sabía qué decir. Sólo advertí eso porque, por alguna razón, quería llamar la atención de Samuel. Me temo que sí tenía algunas cosas que declarar o reclamar (como casi todo lo que he escrito en estas páginas), pero no era el momento adecuado y no tenía las agallas para hacerlo.
El billar era como cualquier otro: oscuro, frío, lleno de señores, abundante en cerveza y en canciones salientes de una jukebox. Su nombre era Venezia. Imagino que los dueños querían verse profesionales al poner el nombre de Venecia en italiano. No entiendo por qué habría de llamarse así un billar.
Samuel y yo estuvimos dos horas en las que, por primera vez, me divertí demasiado. Jugar billar era algo que me gustaba hacer en mis años de preparatoria. De hecho, siempre he querido tener una mesa de billar en mi casa, pero son muy caras y no tengo espacio suficiente.
Durante dos horas Samuel y yo competimos el uno contra el otro en diferentes juegos y técnicas. Cada triunfo personal era una oportunidad para burlarse sanamente del otro.
⎯¿Quieres una cerveza? ⎯le ofrecí.
⎯Mmm... no se me antoja mucho, ¿y a ti?
⎯A mí sí ⎯dije y bajé a la planta baja. Compré una cerveza de un litro y tomé dos vasos de plástico para compartirla con Samuel. Bebí más que él.
Al cabo de un rato y después de varias partidas más, decidimos salir del billar; yo con la intención de hacer algo más, él con la intención de irse a casa. Era un viernes por la noche y parecía que la cita había terminado.
Caminamos por la acera de Cafetales, muy iluminada por los anuncios de los negocios y por una hermosa luna llena que de vez en cuando se dejaba ver entre las nubes. Cuando le dije a Samuel de la luna, él la miró como si fuera la última vez.
⎯Es tan hermosa ⎯dijo con tono nostálgico y yo estuve de acuerdo.
Saqué mi teléfono y tomé algunas fotografías de la luna, pensando en subirlas más tarde a mi cuenta de Instagram. Después continuamos nuestro camino hasta su casa.
⎯Ya dime lo que me tenías que decir... ⎯recordó Samuel.
Por poco lo olvidaba, le había mentido con eso para atraer su atención y no había tenido tiempo de pensar en una “cosa importante” para decir. Durante una fracción de segundo quise ser sincero y manifestar mi opinión. Pensé lo siguiente:
Samuel, no me gusta que me trates como si nada estuviera pasando entre nosotros. ¿Que no te das cuenta? Siento que el destino nos trajo hasta aquí y quiere que estemos juntos por mucho tiempo. Sí, juntos... como novios.
Sin embargo, dije lo siguiente:
⎯Mmm... de verdad no era nada, Samuel.
En ese momento, la campana literalmente me salvó. Sonó el celular de Samuel y él respondió.
La llamada duró diez minutos aproximadamente. Desde un primer momento supe que se trataba de la hermana de Samuel, quien le había llamado para desearle un feliz día del abogado. Normalmente ese tipo de llamadas duran entre uno o dos minutos, ¿no es así? Sólo basta decir lo que tienes que decir. Pero Samuel es diferente. Presiento que él se siente comprometido con cualquier persona de su familia que le llame para decirle algo bonito, y por lo tanto tiene que responder de una manera extraordinaria o poco común.
Lo que había sido una llamada para felicitar a un estudiante de cuarto semestre de Derecho por el día del abogado se había convertido en una plática casual entre dos miembros de familia que, seguramente, se veían más de dos veces a la semana. Debo confesar que me sentí incómodo porque durante diez minutos no tuve nada que hacer. Dejé de prestar atención a lo que decía Samuel al teléfono (si lo recordara lo estaría escribiendo aquí) y me puse a tomar más fotografías de la luna llena, quien estaba presenciando el acto de injusticia en el que me veía envuelto.
Realmente es de mala educación estar al teléfono tanto tiempo cuando estás con alguien, a menos de que se trate de una llamada de grandísima importancia o de un asunto de vida o muerte. No sé por qué Samuel se esmeró en alargar la llamada con su hermana. Sólo sabía que yo estaba ahí, esperando a que me hiciera el caso que siempre he demandado. A lo mejor Samuel se sentía más seguro o más cómodo hablando con su hermana por teléfono que conmigo. Literalmente, la campana también lo había salvado a él.
Cuando llegamos a la papelería El estudio, nos detuvimos en la acera y charlamos un poco más.
⎯Ya no estudié para mi inglés ⎯dijo Samuel.
⎯Si quieres te ayudo ⎯le ofrecí⎯, me conectaré al FaceTime y desde ahí.
⎯No sería mala idea. Pero primero dime lo que me tenías que decir.
“¡Ahí vamos de nuevo!”, pensé. Samuel es realmente ciego. Cualquier persona podría ver que con mis expresiones faciales cuando dice algo que no me gusta o no me parece bueno me siento mal.
Le recordé nuevamente que no era nada importante.
⎯Sólo me gusta estar contigo ⎯dije⎯, es divertido.
⎯Sí, mucho ⎯respondió.
Hubo un silencio entre nosotros, contraponiéndose con el ruido que hacían los automóviles al pasar.
⎯Yo sí tengo algo importante que decirte ⎯replicó Samuel.
Me quedé paralizado.
⎯A ver, dime ⎯respondí.
Samuel dudó un momento y después apuntó:
⎯Me gusta que estemos así...
⎯¿Así cómo?
⎯Llevando las cosas despacio... sin nada de besos ni esas cosas...
El mundo se paralizó. Samuel acababa de hacerme un knockout definitivo, al menos por ese día. Si yo hubiera manifestado mi opinión antes, él no habría dicho eso y yo no habría tenido la oportunidad de determinar mi forma de ser con él a partir de ese momento.
Tuve que mentir. No quise decir que me fastidiaba que hubiera dicho eso. No me había dejado ninguna salida.
⎯Pues así debe de ser, ¿cierto? ⎯dije y le di una palmada en el hombro.
Después de eso nos abrazamos y nos dimos un veloz adiós.
Pasó una vagoneta y emprendí mi camino a casa, derrotado.
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