Noche de lluvia y ¿por qué no salgo con alguien?
Las noches así, en vez de relajarme como a toda la bola de millenials (o milénicos, según la RAE), no me dejan dormir. Me mantienen despierto por muchas horas, y peor: sin pensar en nada importante.
Cualquiera diría que es la noche perfecta para estar abrazado o enpiernado de la persona que amas, en una misma cama, teniendo una buena sesión pasional con muchos besos, sexo oral y orgasmos. Pero estoy muy lejos de que eso me ocurra, al menos en esta precisa noche.
La distancia entre una relación amorosa y yo es cada vez más extensa. Ya ni siquiera recuerdo bien cómo se siente estar enpiernado, o cómo se siente un orgasmo mutuo. En la última vez que tuve una relación -digamos- formal, fue la informalidad la que se apoderó de todo. Emmanuel no es una buena persona y me costó mucho tiempo entenderlo. Todavía hasta hace unos días pensaba que no era el mismo hombre egoísta e intolerante con quien compartí todo el año 2015, y por ello me atreví a invitarlo a Six Flags hace un par de días.
Por lo menos la visita a ese parque de diversiones estuvo mucho más divertida que cuando fui con Samuel, dos años atrás. A pesar de que estaba compartiendo un día con mi ex, las cosas no se sintieron tan tensas, quizá gracias a la constante liberación de adrenalina en cada subida al Superman o la Medusa.
Al final, Emmanuel me envió un SMS (qué anticuado o clásico) en el que afirmaba haber pasado un gran día a mi lado y en el que también agradecía la invitación. Evidentemente me llené de esperanza, pues lo había recibido después de todo un día de rechazos. Porque, en efecto, intenté besarlo y abrazarlo, como antes.
Pero no: él fue más listo que yo y después de esa excursión a Six Flags no me ha vuelto a hablar. A pesar de ser egoísta, resulta inteligente su estrategia para no provocarme. Me resulta más fácil no hacerme la víctima esta vez, y más porque estoy más ocupado que antes.
La mayoría, según una encuesta, encontró a su pareja actual en el trabajo. Yo no creo encontrar a alguien en el Periódico Reforma. En primer lugar, la comunidad gay en esa oficina se percibe muy ausente; y en segundo lugar, no hay nadie que me guste totalmente. Quizá encuentre atractivo a Mario (el que dicen que se parece a mí), pero me resulta tenebroso pensarme como un narcisista y además acosador de heterosexuales. Aun así, no descarto que en el futuro conozca a alguien más.
No me preocupa.
Lo que sí me preocupa es cómo actualmente no me gusta nadie, como solía ocurrir en años anteriores en que me enamoraba en cada esquina. Es raro también porque no he vuelto a usar ninguna aplicación de ligue ni he conocido gente nueva.
---Continuación de esta entrada--- martes 14 de junio.
Hoy llegó alguien nuevo a la oficina. Llegó justo después de una junta en la que no estuve presente porque a esa hora tengo que realizar mi microprograma llamado NotiMinuto que sale todos los días hábiles en el sitio de Reforma. Escuché desde lejos la presentación de Gustavo, el nuevo, que viene desde Nueva York a realizar prácticas profesionales al periódico.
Imaginé que sería una persona agradable y atractiva. De hecho, también me atreví a recordar la forma en que Tom y Summer se conocen en 500 days of Summer. Ocurre justo el día en que ella llega a trabajar a la misma oficina. Pero la realidad es otra: cuando salí de mi cubículo para conocer a Gustavo descubrí que es una persona complicada que aparentemente presume mucho. En una de esas lo escuché decir que acababa de regresar de Israel, de Miami y de Sarajevo; lugares a donde fue a realizar el ejercicio periodístico.
Y, en efecto, no es gay.
Y, peor todavía: no es nada guapo. Aunque la belleza es relativa, en mis estándares no entra: es gordo, barbón, pelo largo, y usa un traje muy parecido al que usan los integrantes de Los Ángeles Azules.
Eso de que la belleza es relativa es un argumento cliché que adopté cuando mi papá afirmó arbitrariamente que todas las mujeres europeas eran bonitas. Yo dije que para mí eran más guapas las latinas que cualesquiera otras en el mundo. Y de ahí pa'l real. Utilicé ese argumento, aplicándolo evidentemente con los hombres.
Siempre que me preguntan cómo me gustan los chicos digo cualidades muy banales y que prácticamente pueden tener todos: que se bañen, que se peinen, que huelan rico, que se vistan bien. Es lo más fácil. Sólo hay dos cosas que son más específicas: que no sean de piel blanca y que no tengan el pelo rizado. Casualmente, esas son las cualidades que casi todas las chicas y chicos gay buscan en otro chico. Yo, en mi chairez, llevo la contraria.
Para mi mala suerte, es probable que no haya ningún chico con las cualidades que pido al que le guste alguien como yo. Aunque hago esfuerzos constantes por mejorar mi apariencia física (como mantener mi pelo corto, vestirme bien, utilizar loción y llevar un iPhone último modelo), la realidad es que en estos últimas semanas no he encontrado a alguien que me guste y que -además- me declare su pasión y su amor por mí. Y eso que todo lo entinto con mi multifacética personalidad de artista.
Antes de que vengan los tomatazos ("¡es que sí tienes, pero a todos los rechazas!"), puedo hacer mi esfuerzo por defenderme con decir que, aunque tengo a varios por ahí que morirían por pasar una noche conmigo, no me gustan los pendejos que...
1. Publican dónde andan y qué hacen todo el tiempo, en Facebook
2. Comparten memes
3. Utilizan el filtro del perrito o de los cuernos de Snapchat
4. Son críticos profesionales de la situación actual del país
5. Exhiben su desnutrido cuerpo o su grasa de más, al desnudo
Y antes de que vengan los segundos tomatazos ("¡eso es puro Facebook, en la vida real son distintos!"), pues no. Las motivaciones humanas se apropian de los medios, de las plataformas virtuales, y las modifican de tal forma que encuentran nuevas formas de expresarse. No lo digo yo, lo dicen las teorías de la comunicación.
Así que –como dicen los agachones– seguiré esperando a alguien que mínimo me provoque pasión social (ese término suena a Comte). Ya dejemos el gusto físico y el placer sexual de lado.
Ahora bien, ya que tengo la oportunidad, me gustaría hacer dos confesiones. Recientemente volví a ver a Herzon, el chico que conocí a finales de 2014 por Twitter y que se enamoró de mí en muy poco tiempo y al que rechacé por estar con Emmanuel.
Resulta que, después del disgusto que tuvo llamado Eduardo Serralde, la vida le sonrió y le dio un novio que conoció por Tinder y que, al parecer, lo quiere mucho. Ambos, al parecer también, han sabido llevar tan bien su relación que ya cumplieron seis meses juntos. Eso es más de lo que yo he podido estar con alguien. Y aunque Herzon todavía siente mínima atracción por mí, pero más lealtad hacia su novio, ha ocurrido un fenómeno karmático: de un día para otro comencé a verlo atractivo. Y no es que me haya arrepentido, sino que él mismo procuró mejorar su imagen: se metió al gimnasio (o bueno, su novio le pagó el gimnasio), seguido se compra ropa de buena calidad, y se puso brackets. Ahora se ve, incluso, sexy.
Obviamente, no me atrevería a decirle esto a Herzon, pues estoy seguro de que lo confundiría un poco y probablemente causaría problemas entre él y su novio. O algo peor: me arrepentiría a la mitad del camino ("Siempre no me gustabas tanto, Herzon, lo siento").
La otra confesión tiene que ver con Esaúl. Es más probable que él lea esto (más que Herzon) y aun así no me preocupa en lo absoluto. Sucede que en las semanas que he hablado con él (diario), he percibido que sus cualidades intelectuales serían perfectas para alguien como yo. No es novedad, ya he comentado que "en un universo paralelo", él y yo seríamos pareja perfecta; e incluso él está de acuerdo. Pensar en Esaúl es como pensar en la vieja escuela. Me hace recordarme en la preparatoria o los primeros años de universidad, en que técnicamente importaba un poco más lo que ocurría desde la pantalla de mi celular que lo que ocurría en la vida real. Y la razón es sencilla: nos hemos conocido por Internet y sólo nos hemos visto una vez en la vida. Toda la interacción ha sido por Internet, a través de la pantalla del iPhone (porque, encima, me copió el iPhone y cumple mi excelso requisito de broma que una vez le dije a Emmanuel: "si tuvieras un iPhone serías el novio perfecto"), recordándome asimismo la reciente película de Spike Jonze: Her (¡incluso también es una de sus películas favoritas!).
Pero la realidad es otra: físicamente no está, y mentalmente no está todo el tiempo (si lo estuviera sería de miedo). Sigue en España, sin fecha de regreso, con muchos sueños que cumplir, con otros tantos amigos... y con un incómodo novio. No es problema en lo absoluto, porque no estoy a la espera de nada. De hecho, no sé si pudiéramos –en el futuro– tener una relación de noviazgo formal (y más porque excluyó mi perfil profesional de su lista Top 5 de las carreras idóneas para el novio idóneo).
En fin.
Qué vomitivo resultó todo esto. Inicié hablando de una cosa y ahora he terminado casi haciéndome la víctima.
Ni pedo. Así he sido siempre.
Ahísevenselolavan.
Cualquiera diría que es la noche perfecta para estar abrazado o enpiernado de la persona que amas, en una misma cama, teniendo una buena sesión pasional con muchos besos, sexo oral y orgasmos. Pero estoy muy lejos de que eso me ocurra, al menos en esta precisa noche.
La distancia entre una relación amorosa y yo es cada vez más extensa. Ya ni siquiera recuerdo bien cómo se siente estar enpiernado, o cómo se siente un orgasmo mutuo. En la última vez que tuve una relación -digamos- formal, fue la informalidad la que se apoderó de todo. Emmanuel no es una buena persona y me costó mucho tiempo entenderlo. Todavía hasta hace unos días pensaba que no era el mismo hombre egoísta e intolerante con quien compartí todo el año 2015, y por ello me atreví a invitarlo a Six Flags hace un par de días.
Por lo menos la visita a ese parque de diversiones estuvo mucho más divertida que cuando fui con Samuel, dos años atrás. A pesar de que estaba compartiendo un día con mi ex, las cosas no se sintieron tan tensas, quizá gracias a la constante liberación de adrenalina en cada subida al Superman o la Medusa.
Al final, Emmanuel me envió un SMS (qué anticuado o clásico) en el que afirmaba haber pasado un gran día a mi lado y en el que también agradecía la invitación. Evidentemente me llené de esperanza, pues lo había recibido después de todo un día de rechazos. Porque, en efecto, intenté besarlo y abrazarlo, como antes.
Pero no: él fue más listo que yo y después de esa excursión a Six Flags no me ha vuelto a hablar. A pesar de ser egoísta, resulta inteligente su estrategia para no provocarme. Me resulta más fácil no hacerme la víctima esta vez, y más porque estoy más ocupado que antes.
La mayoría, según una encuesta, encontró a su pareja actual en el trabajo. Yo no creo encontrar a alguien en el Periódico Reforma. En primer lugar, la comunidad gay en esa oficina se percibe muy ausente; y en segundo lugar, no hay nadie que me guste totalmente. Quizá encuentre atractivo a Mario (el que dicen que se parece a mí), pero me resulta tenebroso pensarme como un narcisista y además acosador de heterosexuales. Aun así, no descarto que en el futuro conozca a alguien más.
No me preocupa.
Lo que sí me preocupa es cómo actualmente no me gusta nadie, como solía ocurrir en años anteriores en que me enamoraba en cada esquina. Es raro también porque no he vuelto a usar ninguna aplicación de ligue ni he conocido gente nueva.
---Continuación de esta entrada--- martes 14 de junio.
Hoy llegó alguien nuevo a la oficina. Llegó justo después de una junta en la que no estuve presente porque a esa hora tengo que realizar mi microprograma llamado NotiMinuto que sale todos los días hábiles en el sitio de Reforma. Escuché desde lejos la presentación de Gustavo, el nuevo, que viene desde Nueva York a realizar prácticas profesionales al periódico.
Imaginé que sería una persona agradable y atractiva. De hecho, también me atreví a recordar la forma en que Tom y Summer se conocen en 500 days of Summer. Ocurre justo el día en que ella llega a trabajar a la misma oficina. Pero la realidad es otra: cuando salí de mi cubículo para conocer a Gustavo descubrí que es una persona complicada que aparentemente presume mucho. En una de esas lo escuché decir que acababa de regresar de Israel, de Miami y de Sarajevo; lugares a donde fue a realizar el ejercicio periodístico.
Y, en efecto, no es gay.
Y, peor todavía: no es nada guapo. Aunque la belleza es relativa, en mis estándares no entra: es gordo, barbón, pelo largo, y usa un traje muy parecido al que usan los integrantes de Los Ángeles Azules.
Eso de que la belleza es relativa es un argumento cliché que adopté cuando mi papá afirmó arbitrariamente que todas las mujeres europeas eran bonitas. Yo dije que para mí eran más guapas las latinas que cualesquiera otras en el mundo. Y de ahí pa'l real. Utilicé ese argumento, aplicándolo evidentemente con los hombres.
Siempre que me preguntan cómo me gustan los chicos digo cualidades muy banales y que prácticamente pueden tener todos: que se bañen, que se peinen, que huelan rico, que se vistan bien. Es lo más fácil. Sólo hay dos cosas que son más específicas: que no sean de piel blanca y que no tengan el pelo rizado. Casualmente, esas son las cualidades que casi todas las chicas y chicos gay buscan en otro chico. Yo, en mi chairez, llevo la contraria.
Para mi mala suerte, es probable que no haya ningún chico con las cualidades que pido al que le guste alguien como yo. Aunque hago esfuerzos constantes por mejorar mi apariencia física (como mantener mi pelo corto, vestirme bien, utilizar loción y llevar un iPhone último modelo), la realidad es que en estos últimas semanas no he encontrado a alguien que me guste y que -además- me declare su pasión y su amor por mí. Y eso que todo lo entinto con mi multifacética personalidad de artista.
Antes de que vengan los tomatazos ("¡es que sí tienes, pero a todos los rechazas!"), puedo hacer mi esfuerzo por defenderme con decir que, aunque tengo a varios por ahí que morirían por pasar una noche conmigo, no me gustan los pendejos que...
1. Publican dónde andan y qué hacen todo el tiempo, en Facebook
2. Comparten memes
3. Utilizan el filtro del perrito o de los cuernos de Snapchat
4. Son críticos profesionales de la situación actual del país
5. Exhiben su desnutrido cuerpo o su grasa de más, al desnudo
Y antes de que vengan los segundos tomatazos ("¡eso es puro Facebook, en la vida real son distintos!"), pues no. Las motivaciones humanas se apropian de los medios, de las plataformas virtuales, y las modifican de tal forma que encuentran nuevas formas de expresarse. No lo digo yo, lo dicen las teorías de la comunicación.
Así que –como dicen los agachones– seguiré esperando a alguien que mínimo me provoque pasión social (ese término suena a Comte). Ya dejemos el gusto físico y el placer sexual de lado.
Ahora bien, ya que tengo la oportunidad, me gustaría hacer dos confesiones. Recientemente volví a ver a Herzon, el chico que conocí a finales de 2014 por Twitter y que se enamoró de mí en muy poco tiempo y al que rechacé por estar con Emmanuel.
Resulta que, después del disgusto que tuvo llamado Eduardo Serralde, la vida le sonrió y le dio un novio que conoció por Tinder y que, al parecer, lo quiere mucho. Ambos, al parecer también, han sabido llevar tan bien su relación que ya cumplieron seis meses juntos. Eso es más de lo que yo he podido estar con alguien. Y aunque Herzon todavía siente mínima atracción por mí, pero más lealtad hacia su novio, ha ocurrido un fenómeno karmático: de un día para otro comencé a verlo atractivo. Y no es que me haya arrepentido, sino que él mismo procuró mejorar su imagen: se metió al gimnasio (o bueno, su novio le pagó el gimnasio), seguido se compra ropa de buena calidad, y se puso brackets. Ahora se ve, incluso, sexy.
Obviamente, no me atrevería a decirle esto a Herzon, pues estoy seguro de que lo confundiría un poco y probablemente causaría problemas entre él y su novio. O algo peor: me arrepentiría a la mitad del camino ("Siempre no me gustabas tanto, Herzon, lo siento").
La otra confesión tiene que ver con Esaúl. Es más probable que él lea esto (más que Herzon) y aun así no me preocupa en lo absoluto. Sucede que en las semanas que he hablado con él (diario), he percibido que sus cualidades intelectuales serían perfectas para alguien como yo. No es novedad, ya he comentado que "en un universo paralelo", él y yo seríamos pareja perfecta; e incluso él está de acuerdo. Pensar en Esaúl es como pensar en la vieja escuela. Me hace recordarme en la preparatoria o los primeros años de universidad, en que técnicamente importaba un poco más lo que ocurría desde la pantalla de mi celular que lo que ocurría en la vida real. Y la razón es sencilla: nos hemos conocido por Internet y sólo nos hemos visto una vez en la vida. Toda la interacción ha sido por Internet, a través de la pantalla del iPhone (porque, encima, me copió el iPhone y cumple mi excelso requisito de broma que una vez le dije a Emmanuel: "si tuvieras un iPhone serías el novio perfecto"), recordándome asimismo la reciente película de Spike Jonze: Her (¡incluso también es una de sus películas favoritas!).
Pero la realidad es otra: físicamente no está, y mentalmente no está todo el tiempo (si lo estuviera sería de miedo). Sigue en España, sin fecha de regreso, con muchos sueños que cumplir, con otros tantos amigos... y con un incómodo novio. No es problema en lo absoluto, porque no estoy a la espera de nada. De hecho, no sé si pudiéramos –en el futuro– tener una relación de noviazgo formal (y más porque excluyó mi perfil profesional de su lista Top 5 de las carreras idóneas para el novio idóneo).
En fin.
Qué vomitivo resultó todo esto. Inicié hablando de una cosa y ahora he terminado casi haciéndome la víctima.
Ni pedo. Así he sido siempre.
Ahísevenselolavan.
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