Capítulo 7 - La carta

Evidentemente no estudiamos inglés esa noche. La historia se repitió: le avisé que ya había llegado a casa, él cenó y platicó con su familia, yo revisé mis redes sociales, y finalmente ambos fuimos a dormir; él primero porque al día siguiente tendría inglés y por la noche iría a celebrar con sus amigos el día del abogado.

Por la noche hablé con Gerardo, a quien le platiqué cómo me había sentido durante todo el día.
⎯Ya no estoy seguro de si debo escribir la carta... ⎯le recordé.
Básicamente la idea de la carta consistía en, precisamente, escribir para Samuel una carta en la que explicara mis sentimientos por él. Mi deseo era hacerla pasar por una carta tradicional, con sello y timbre, y entregarla a la puerta de su casa, como si yo fuera el cartero. Pero después de lo ocurrido al final del viernes 11, mi deseo desapareció casi por completo.
Sin embargo, Gerardo me incitó a hacerlo.
⎯Tienes que hacer que se dé cuenta de cuánto quieres estar con él ⎯me dijo.
⎯Entonces acompáñame, dame valor.
⎯Claro que sí.
⎯Quiero entregarla mañana.
⎯¿Por qué mañana si “cumplen” el mes el domingo?
⎯Porque el domingo seguramente estará en casa y yo estaré ocupado viendo el partido de México. 
⎯Está bien, mañana después del gimnasio vamos.

Pero eso no ocurrió. Gerardo, como en muchas ocasiones, me dejó plantado en el gimnasio y tuve que ir solo a entregar la carta. 
Ese día, el sábado 12, me levanté muy temprano y me senté al escritorio de mi habitación. Saqué algunas hojas de papel reciclado que parecían pergamino y comencé a redactar. 
Desperdicié aproximadamente ocho hojas y usé diferentes bolígrafos antes de redactar la carta definitiva. Finalmente algo salió de mi mente, de mis manos y de mi corazón:


México D.F., 13 de julio de 1814.
Estimado caballero: 

Hoy hace casi un mes desde que tomamos el mismo ferrocarril con dirección al sur y de que te bajaste en la misma estación que yo para entregarme un pergamino sobre el cual anotaste un número. Al principio creí que se trataba de la secuencia Fibonacci, pero después un viejecito que encontré en la calle me dijo que se trataba de un número telefónico. No sé qué sea un teléfono, a lo mejor es algo que no existe todavía. Estamos en 1814 y con trabajos puedo escribirte esta carta (no me preguntes cómo conseguí tu domicilio). Por cierto, el viejecito conducía un automóvil tan extraño como él, lo llamaba DeLorean DMC-12 o algo así. Quién sabe, no estoy seguro... 

De lo que sí estoy seguro es que desde ese día te he soñado en repetidas ocasiones. 
Soñé, por ejemplo, que caminábamos largas jornadas por la ciudad platicando de nuestras vidas. Supe que tienes un caballo que no vive contigo porque es demasiado grande para tu casa, o que tuviste un duelo de espadas con la mismísima Muerte, del cuál resultaste triunfador, porque de eso tienes cara. 

No sé tu nombre, no sé de dónde vienes ni cuál es tu historia; pero sé una cosa: quiero seguir soñando contigo para descubrir si entre esos mundos de Morfeo o Hipnos existe algo para mí. 

La casualidad o el destino nos pusieron en el mismo sendero para aprender a caminar juntos. Espero encontrarte de nuevo para poder ofrecerte mis respetos y mi aprecio.

Con mucho cariño,
Sir Edward Serralde XI

P.D. Feliz día del abogado.


Al terminarla, la guardé en mi mochila del gimnasio y me fui. Hice poco ejercicio: treinta minutos. Estaba ansioso por entregar la carta en una hora en la que ni Samuel ni su madre estuvieran en casa.
Cuando salí del gimnasio, cogí dos autobuses: el primero, con dirección a Villa Coapa, en donde aproveché para comprar un sello postal en una oficina de correos cercana; y la segunda, la vagoneta con dirección a la papelería El Estudio. 

Me bajé de la vagoneta y sigilosamente me colé entre los callejones de la unidad hasta llegar a la puerta de su departamento. No había señales de vida a mi alrededor. A lo lejos se escuchaba una cumbia en algún departamento vecino. Sólo un gato blanco me hacía compañía en esos lugares tan abandonados y, por demás, sucios.

Al llegar a la puerta del 203, pensé mucho las cosas. No me atreví a dejar la carta en un primer momento. Me oculté durante unos segundos detrás de la pared contigua que daba a las escaleras. 
Finalmente, tras respirar unos segundos más y planear mi perfecto escape, decidí hacerlo todo rápidamente. Eché la carta por debajo de la puerta -pues no había buzón- y bajé corriendo las escaleras y el pasillo hasta la salida del edificio. Seguí corriendo hasta la avenida y crucé al otro lado. Todo en menos de un minuto. 

Por fortuna, pronto llegó una combi (no vagoneta) y tuve que tomarla sin chistar. Había logrado mi objetivo... o bueno, la mitad de él. Aún faltaba que Samuel leyera la carta y tuviera la expresión esperada.
En el camino a mi casa, le mandé un mensaje preguntándole si seguía en clase de inglés.
⎯Sí, salgo a las 3 ⎯me confirmó en su respuesta.
⎯Yo voy saliendo del gimnasio, ⎯mentí⎯ no había luz en mi casa y por eso no tenía Wi-Fi. 
No obtuve más respuesta hasta que llegó a su casa y descubrió su sorpresa del día del abogado. Me mandó un mensaje de voz que decía íntegramente:
⎯Ya llegué a mi casa. ¡Wow, eres súper lindo! Te odio por ser tan lindo. Muchas gracias, ya la leí y me dio mucha risa lo del DeLorean... ⎯después rió nerviosamente y continuó⎯: Te odio. Fue muy bonito, nunca habían hecho eso por mí. Muchas gracias. Llegué a mi casa y la vi y me pregunté qué era eso. ¡Wow, eres muy lindo, muchas gracias, gracias, gracias!

De nada, Samuel. 
Posteriormente respondí con bromas:
⎯¿Te mandan cartas del pasado? Esa debió tardar doscientos años en llegar.
⎯Llegó sana y salva.
⎯Me da gusto.

Y después todo se apaciguó.
Al poco rato le pregunté a qué hora se iría con sus amigos a celebrar el día del abogado, me respondió y nuevamente hubo un espacio largo de silencio. Le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que veía El Código DaVinci (de Ron Howard) en la televisión y que veía internet desde su iPad. “Pues ignórame más, equis”, pensé.
Hubo otro espacio de silencio que terminó cuando me advirtió que esa noche no podríamos hablar por FaceTime porque se le hacía tarde para irse con sus amigos a celebrar. Le dije que no había problema y le deseé lo mejor.
Cuando ya estaba en su celebración hizo el mejor intento de broma:
⎯¿Te digo cosas calientes? ⎯me preguntó por mensaje.
⎯A ver, dime...
⎯Estufa prendida, plancha en el 10, fogata...
⎯Jajajaja ⎯respondí textualmente, sin reírme físicamente. Estuve a punto de decir: “cosas calientes: yo”.
Y es que en verdad lo estaba. Mientras él celebraba con sus amigos y después se iba a pasar la noche a la casa de un primo que vivía cerca, yo, por primera vez, imaginé a Samuel de una forma distinta. 
Lo imaginé en mi cama, 

desnudo, 

tocándose y tocándome, 

haciéndome el amor 
toda la noche mientras su hermoso cuerpo se juntaba con el mío, 

besándome como nunca lo había hecho 
y jurándome amor eterno.




Entonces eyaculé y me quedé dormido. 



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