Capítulo 8 - Mundo de plástico

Una noche Samuel y yo hablamos por FaceTime, como es usual, y me dijo lo siguiente:
⎯¿Qué crees? La revista Cómo ves que edita la UNAM tiene una promoción del museo Universum.
⎯¿Ah, sí? ¿En qué consiste? ⎯pregunté emocionado.
⎯En presentar la contraportada de la revista en taquillas y con eso te hacen descuento para entrar a la exposición Body Worlds. 
⎯¡Vaya, es genial!
⎯Sí, le preguntaré a mi mamá si quiere ir.

Qué huevos. ¿Para qué me dijo a mí si no me iba a invitar? Yo también tenía ganas de ver Body Worlds. Todos los días, cuando paso por el museo Universum para ir a mi Facultad, veo el póster que anuncia la exposición más realista del mundo sobre el cuerpo humano. De hecho, mi padre también tuvo las ganas de ir a verla.

⎯Oye... ⎯me dijo Samuel después de un rato⎯, si mi mamá no quiere o no puede ir, ¿vamos tú y yo?
Tomé un respiro intentando no enfadarme.
⎯Claro, Exeimuel.
⎯¿Exeimuel? 
⎯Es como una traducción en inglés de tu nombre.
⎯No entiendo.
⎯¿Recuerdas a Charles Xavier de los X-Men? Los gringos le dicen ex eivier, entonces: Samuel en inglés es seimuel... Exeimuel.
⎯No me gusta, me hace sentir que ya no soy Samuel, que soy un ex-Samuel.
⎯Qué menso eres, así te diré.
⎯Ash, ¿entonces cómo te voy a decir yo?
⎯Nada, no me gustan los apodos ⎯respondí sintiendo miedo de que me pusiera algún apodo como “el quejoso” o “el insistente” o “el incómodo”.
⎯Chipil Boy.
⎯¿Por qué?
⎯Porque siempre estás chipil.

Después lo acepté y percibí que esa era una muestra de cariño muy auténtica de su parte. No me opuse, y dejé que me llamara así incluso el día en que fuimos a Universum.

No sé si sea mi imaginación, pero ese día recuerdo a un Samuel molesto. Nos vimos a las cuatro en Villa Coapa para tomar la vagoneta a Ciudad Universitaria, y en el camino decidimos que nos bajaríamos antes ⎯en Avenida Aztecas⎯ para tomar un taxi que nos llevara directamente a Universum.
Así lo hicimos y entonces me ofrecí a pagar el taxi, pues él había pagado la vagoneta y, de alguna forma, estaba pagando parte de mi entrada al museo gracias a su cupón.
Cuando llegamos al museo, la lluvia había comenzado; así que rápidamente entramos e hicimos válida la promoción del dos por uno. 

La exposición, como todas las de la UNAM, fue aburrida e interesante a ratos. Cientos de cuerpos humanos plastificados se exhibían a lo largo de una enorme sala de Universum. 
Samuel se esforzaba por leer todos y cada uno de los textos que acompañaban a cada pieza, como un niño en su primera vez. Incluso pensé que sacaría una libreta para anotar todo, como a la antigua. Yo, simplemente, leía lo que me parecía interesante, como debe ser. Eso ocasionó que Samuel y yo nos separáramos repetidamente durante el recorrido. Él por su lado, ignorándome casi por completo; y yo, resignándome a ver lo único interesante que tenía, además de Samuel. 

Hubo una sección que llamó mucho mi atención. Se trataba de un pasillo en el que exhibían fotografías de familias de muchas partes del mundo. Esas familias exhibían en sus mesas las compras alimenticias que habían hecho para subsistir durante una semana. 

Lo que vemos en películas y leemos en libros se hizo evidente: los estadounidenses disfrutan de todo lo frito (patatas, hamburguesas, pollo de KFC); los asiáticos, del pescado; los italianos, de las pastas; los franceses, del pan; los mexicanos, del chile. Todos, por lo menos, tenían una botella de Coca-Cola en sus mesas. Coca-Cola es el cáncer del mundo, al parecer.


Nota posterior del autor:

No terminé este capítulo porque no encontré motivación después. Poco a poco Samuel comienza a cansarme, y eso me da miedo. 

Ojalá tuviera la memoria suficiente para recordar todos los detalles de este capítulo. Aunque, pensándolo bien, no sería buena idea. Sólo me haría pensar en lo mediocre que me sentía en esos días que, por fin, han terminado.

Lo único bueno que recuerdo es que, después del museo, fuimos al centro comercial Gransur y ahí comimos hamburguesas. Después, de regreso a nuestros rumbos, fui invitado por Samuel a Six Flags México. Aunque en un primer momento fui segunda opción --otra vez--, se me hizo un gesto muy amable de su parte el quererme llevar. “Por si amiga no quiere, vamos tú y yo, ¿no?”, me dijo.


Yo, como niño pequeño, acepté porque me encanta ese lugar, aunque algunos juegos todavía me den miedo. 

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